Volver para mirar: niñeces, territorio y agroecología en X-Hazil Sur, Quintana Roo
Bonnie Damaris Tun Cruz | Página 42 DESCARGAR REVISTA COMPLETALa historia de un territorio puede leerse a través de sus niñeces. Entrelazar los recuerdos de quienes ya crecieron con la escucha activa de quienes hoy lo habitan puede ayudarnos a comprender las profundas transformaciones del entorno. Esas semillas con las que jugábamos y que hoy ya no vemos nos permiten rastrear las alteraciones del paisaje, de los sistemas agroalimentarios y de nuestras formas de estar en el mundo. Que las niñas y los niños hayan dejado de jugar en las calles y olvidado por dónde sale el sol no es un hecho aislado, sino el reflejo de las múltiple amenazas que enfrentan nuestros territorios. Así, reconstruir la memoria en torno a la infancia es, en el fondo, recuperar la historia de un pueblo.
Fue justamente esta certeza —la de lo poderoso que es narrar el territorio desde los ojos de las niñeces— la que me impulsó a trabajar en la comunidad de la cual mi familia es originaria: X-Hazil Sur, en Quintana Roo1 . Aunque yo no crecí ahí, comprendí —tal como dice Mercedes Minnicelli (2009)— que hablar de la infancia, investigar en torno a ella y escucharla se entrecruza inevitablemente con la historia propia.
Yo soy parte de esa primera generación que creció fuera del pueblo, alejada del entorno, de la lengua, de las tradiciones, de las cotidianidades y de los muchos saberes sobre la tierra. Después de que mis intereses académicos se encontraran con el deseo profundo de conocer este territorio, tomé la decisión de vivir en X-Hazil Sur. A través de procesos de formación tanto académica como comunitaria y colectiva, la agroecología me encontró en ese momento revuelto de mi vida. Y descubrí en ella no solo una vía para adentrarme en los saberes agroalimentarios, sino también un entramado político que me permitía caminar con esperanza en la tierra de mis antepasados.
Durante la pandemia, me confronté por primera vez con las contradicciones de habitar una comunidad como X-Hazil Sur, enclavada en un estado que enarbola lo maya como estandarte turístico, pero que reduce las oportunidades laborales de sus jóvenes a través de la precarización de esa misma industria. En tal contexto, se perdieron muchísimos empleos por la crisis sanitaria, pero aquello permitió vislumbrar lo fundamentales que eran el traspatio y la milpa como sustento y faro de vida.
La propuesta agroecológica: Casa de Saberes X-Hazil Sur
Desde que regresé a la comunidad, he buscado articular, en conjunto con las niñeces del pueblo, sus familias y diversos actores locales e institucionales una propuesta pedagógica comunitaria centrada en el intercambio intergeneracional de conocimientos que, desde hace un par de años, hemos llamado Casa de Saberes X-Hazil Sur.
Lo que comenzó como una pequeña iniciativa autogestiva de lectoescritura para mitigar las deficiencias del sistema escolar durante la pandemia, pronto exigió una mirada más amplia. Empecé por explorar cómo el modelo educativo tradicional alejaba a niños/as de su entorno y terminé por encontrar, en el entramado teórico y político de la agroecología, la brújula para cambiar tal situación. Fue esta perspectiva la que permitió reconocer al pueblo, la familia, el monte, la comida y la tierra como los cimientos de una pedagogía propia del territorio.
A partir de esta certeza, nació la Casa de Saberes, que proponía al pueblo mismo como nuestro principal espacio de aprendizaje. Entre las enseñanzas vivas de nuestro entorno y las experiencias del movimiento agroecológico en distintas geografías, hemos desplegado talleres, encuentros y espacios de reflexión con las niñeces de X-Hazil Sur.
Sin embargo, para mantener la propuesta firme en esta visión, fue necesario admitir mi ignorancia sobre mis raíces: la lengua, el ciclo de la milpa, las señales del monte y una forma completa de entender la vida. Tampoco podía negar los sesgos que mi formación académica proyectaba sobre el territorio y sus niñeces. Entre la idealización y el sobreanálisis, me quedaba poco espacio para que el territorio mismo pudiese guiarme.
Mirar el territorio desde la infancia
Veamos una escena registrada en mi diario de campo: en la procesión de san Miguel Arcángel, santo patrono de X-Hazil Sur, una mamá le enseña a su hija por dónde sale el sol. Le dice que sale de espaldas al oratorio desde el cual hacemos la primera parada antes de continuar con el camino por donde debemos llevar al santo. Una escena pequeña, cotidiana.
Si no hubiese cuestionado mis propios sesgos sobre la infancia o no hubiese aprendido a caminar con mayor humildad el territorio, probablemente podría haber leído esta escena de maneras muy diferentes. Quizá habría caído en la romantización desde una mirada externa, bajo la idea de que los/as niños/as son guardianes naturales del entorno. Arrastrada por el papel de «maestra», tal vez habría sucumbido a mi tendencia casi inevitable de dirigir sus miradas, organizando un grupo para la procesión y perdiendo así la espontaneidad misma de estos espacios de enseñanza.
En comunidades mayas como X-Hazil Sur, las procesiones y las prácticas sociorreligiosas constituyen parte fundamental del territorio: se pide y se promete por las buenas cosechas, la llegada de las lluvias y la protección familiar. También son espacios donde se fortalece el tejido comunitario a través del disfrute y la alegría.
Saber por dónde sale el sol —respecto del oratorio— le ofrece una coordenada a esa pequeña niña. Como propone Fernando Bárcena Orbe (2000), la enseñanza de saberes no es una transmisión pasiva de contenidos, sino una «(re)creación» que surge a través de una relación de aprendizaje. En este proceso, la madre interpreta el conocimiento que alguna vez le fue legado y se lo entrega a su hija para que el ciclo continúe. Al hacerlo, le ofrece una forma de leer su entorno y la posibilidad de que surja un nuevo significado. Así, la niña puede ahora caminar por su pueblo con un nuevo referente que, en algún momento, también podrá legar a otra generación.
Es por esto que, desde la agroecología y en aquellos procesos pedagógicos que impulsemos con niños/ as, debemos tener siempre en mente que no hay infancias universales. Estas no habitan un vacío, sino territorios configurados por procesos históricos con sus resistencias, pero también con sus despojos. Aquello nos obliga a desmarcarnos de los discursos que posicionan a las niñeces de comunidades originarias como guardianas estáticas de su cultura sin tomar en cuenta las formas conflictivas —y muchas veces violentas— en que las nuevas generaciones habitan la ruralidad actual.
En mi práctica con la Casa de Saberes, la realidad del pueblo como espacio de vida ligado a la tierra me confrontó con otras realidades: altos índices de alcoholismo en la población, violencia atada a esta problemática, cooptación de jóvenes por «el narco», violencia de género, abandono escolar, adolescentes y el resquebrajamiento de las formas tradicionales de vida. Muchos de los/as niños/as que participaron en la Casa de Saberes durante la pandemia encarnan hoy estas realidades.
Trabajar con las niñeces nos obliga a mirar de frente los múltiples escenarios, sin dejar de imaginar la posibilidad. Parte del camino agroecológico consiste en aprender a escuchar, a dejarnos sentir, para comprender que la práctica pedagógica también nos permite ser trinchera y espacio seguro para las nuevas generaciones.
La Casa de Saberes se encuentra hoy en su propio proceso de (re)creación: hemos soltado algunos espacios para pensar a fondo lo que implica sostener un proyecto de estas características, cuestionando incluso si aquí la colectividad funciona o si el nombre mismo es pertinente. Cultivando relaciones de confianza con los/as niños/as, y explorando metodologías creativas junto a un acompañamiento etnográfico constante, vamos avanzando hacia lo posible.
Aquella mañana en la procesión, esa madre le enseñaba a su hija algo que ningún programa educativo puede estandarizar: que ella pertenece a este lugar y que caminarlo le hace conocerse a ella misma. La Casa de Saberes, asumiendo sus contradicciones y aprendizajes, busca profundizar en esta manera de habitar y conocer el territorio, y permite vislumbrar que la agroecología con y para las niñeces es, fundamentalmente, una forma de defender la vida.
Mi historia, envuelta en los cruces entre la academia, la búsqueda de la raíz y X-Hazil Sur, es también un fragmento de la historia de la infancia en esta comunidad. Como hija de la primera generación que salió del pueblo, regresar y reencontrarme en el territorio implica confrontar dolores, pero también amarrarme a la esperanza. Es justamente desde esa tensión entre la herida y la posibilidad de reaprender que descubro la fuerza de trabajar con las infancias y acompañarlas, apostando a que, si algún día deciden caminar por otros rumbos, llevarán consigo una identidad que las sostenga.
Bonnie Damaris Tun Cruz
Estudiante del Doctorado en Ciencias en Agroecología del Colegio de la Frontera Sur (México).
Referencias
- Bárcena Orbe, F. (2000). El aprendizaje como acontecimiento ético. Sobre las formas del aprender. Enrahonar, (31), 9-33.
- Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). (2020). Población de 3 años y más hablante de lengua indígena maya por entidad federativa según sexo, años censales de 2010 y 2020. https:// www.inegi.org.mx/app/tabulados/interactivos/?pxq=LenguaIn digena_Lengua_04_59db9355-f227-4ca4-a3a0-dbb899edbaef.
- Minnicelli, M. (2009). Infancia, significante en falta de significación. Educação em Revista, 25(1), 179-202. https://doi. org/10.1590/S0102-46982009000100010 embarazos
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