mayo 2026, Volumen 40, Número 1
La agroecología como proceso: un paso atrás, dos adelante

Desafíos de una transición agroecológica: lo que aprendimos en la comunidad asháninka de Shintzijaroqui

Billy Rimari y Ricardo Zacarías | Página 18
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Silvia Peñaloza Chinchay, presidenta de la Cooperativa Agraria de Productores de Shintzijaroqui, muestra una caja de abejas
meliponas, importantes polinizadoras que se desarrollan en entornos libres de contaminación. Fuente: Fovida/Diana Faichin.

Intervenir de otra manera

Fomento de la Vida (Fovida) es una organización no gubernamental (ONG) peruana que promueve el desarrollo territorial sostenible y la mejora de las condiciones de vida de poblaciones de bajos ingresos. Cuando decidimos apostar por la agroecología, no lo hicimos únicamente como una alternativa técnica para mejorar la producción agrícola, sino porque entendíamos que en muchos territorios rurales, y especialmente en comunidades indígenas, los problemas productivos están profundamente entrelazados con procesos más amplios como la expansión del extractivismo, la pérdida de biodiversidad, la dependencia del mercado, el debilitamiento cultural y la fragmentación del tejido social. Trabajar desde la agroecología, en ese sentido, implica intervenir de otra manera y dialogar con otras formas de entender el territorio, el tiempo y la vida.

La experiencia que desarrollamos en la comunidad nativa asháninka de Shintzijaroqui, en la provincia de Satipo, ubicada en la selva central del Perú, nos permitió poner a prueba esta apuesta. Más que un caso exitoso o un modelo replicable, lo que encontramos fue un proceso complejo, lleno de avances, tensiones y aprendizajes que hoy nos permiten reflexionar sobre cómo intervenir en contextos interculturales.

Un territorio transformado y el desafío de empezar

Cuando llegamos a Shintzijaroqui, encontramos una comunidad profundamente transformada por décadas de presión del mercado. Como en muchas partes de la Amazonía, las familias habían transitado desde sistemas diversificados —basados en agricultura, caza, pesca y recolección— hacia el extractivismo orientado al monocultivo, primero con el café, luego con la piña y el kion (jengibre), pero además atravesado por los impactos que generan economías ilegales como la de la coca, que si bien no están asentadas específicamente en sus territorios, demandan mano de obra.

Con estos cambios llegaron los agroquímicos, la degradación del suelo y una creciente dependencia de insumos externos. Así, lo que en algún momento se presentó como una vía para mejorar la vida terminó generando nuevas dificultades económicas y ambientales. Algunas familias incluso alquilaban sus tierras a terceros, trabajaban como jornaleros en sus propias parcelas o se adentraban hacia zonas donde cultivaban coca para emplearse. Pero el problema no era solo productivo, también se estaban debilitando prác- ticas culturales y formas de relación con el territorio. En ese contexto, emergió una preocupación en la comunidad: la necesidad de encontrar otra forma de producir y vivir. Sin embargo, existía un obstáculo importante, pues la comunidad había tenido experiencias fallidas con instituciones que no cumplieron sus compromisos, lo que generó desconfianza.

Por eso, nuestro primer desafío no fue técnico, sino relacional; y, antes de hablar de agroecología, tuvimos que construir confianza. Para ello, apostamos por un acompañamiento constante a mediano plazo que permitiera mostrar que esta vez el proceso sería distinto.

La experiencia que desarrollamos en la comunidad nativa asháninka de Shintzijaroqui, en la provincia de Satipo, ubicada en la selva central del Perú, nos permitió poner a prueba esta apuesta

Una estrategia integral y sus efectos en la comunidad

Nuestra intervención en Shintzijaroqui no se centró únicamente en cambiar prácticas agrícolas. Desde el inicio, trabajamos con una estrategia integral que articuló dimensiones económicas, ambientales, sociales y políticas.

En lo productivo, promovimos prácticas agroecológicas como el uso de abonos orgánicos, la diversificación de cultivos y los sistemas agroforestales.

Integrantes de la comunidad de Shintzijaroqui que impulsan la agroecología, protegen su biodiversidad y 
fortalecen el tejido comunitario a través del trabajo colectivo. Fuente: Fovida/Jorge Turpo.

Al inicio, la idea de incorporar la paridad de género en la dirigencia comunal generó resistencia, pues algunos hombres consideraban que las mujeres no tenían la experiencia necesaria. No obstante, el proceso continuó avanzando. Un hito clave fue la aprobación de la cuota de género en las juntas directivas comunales 

 

Recuperación y valorización de saberes ancestrales y plantas nativas que 
fortalecen la alimentación, la salud y el bienestar de la comunidad. 
Fuente: Fovida/Diana Faichin.


Mapa de la finca agroecológica que refleja la integración armónica entre la producción,
la recuperación de variedades nativas y la aplicación de prácticas agroecológicas
sostenibles. Fuente: Fovida/Diana Faichin.

Apostamos por el cacao nativo como cultivo comercial, pero dentro de un sistema diversificado que también incluyó cultivos para el autoconsumo, rescatando especies olvidadas y medicinales para el resguardo de su seguridad alimentaria. Al mismo tiempo, impulsamos la recuperación de cultivos nativos y saberes ancestrales, entendiendo que la seguridad alimentaria y la identidad cultural están profundamente vinculadas. 

Para llevar esto a la práctica, desarrollamos algunos dispositivos clave. Uno de los más importantes fueron las fincas modelo, que en la práctica se convirtieron en «faros agroecológicos». Más que parcelas productivas, estos espacios funcionaron como lugares de aprendizaje colectivo donde los/as propios/as comuneros/as experimentaban nuevas prácticas y compartían sus resultados con otros/as.

En lo ambiental, un elemento clave fue la creación de comités ambientales. Con ellos buscamos dar un paso más allá de la producción individual, promoviendo una gestión colectiva del territorio. Estos comités asumieron tareas como el monitoreo del agua, la reforestación y el cuidado de la biodiversidad.

En esa misma línea, se establecieron áreas de conservación comunal, especialmente en zonas donde nacen fuentes de agua. No fue una decisión fácil: en un contexto de escasez de tierras, destinar áreas a la conservación generó dudas y resistencias.

Finalmente, impulsamos la formación de una cooperativa agraria, que permitió organizar la comercialización del cacao y otros productos, además de abrir espacios de articulación con programas públicos. Cada una de estas estrategias respondió a una lógica: conectar lo productivo con lo territorial, y lo técnico con lo organizativo.

Con el tiempo, estos esfuerzos comenzaron a generar cambios. En lo productivo, las familias empezaron a diversificar sus parcelas y a reducir el uso de agroquímicos. En lo organizativo, la cooperativa y el comité ambiental fortalecieron la acción colectiva y la comunidad nativa empezó a tomar decisiones más estructuradas sobre su territorio. Pero uno de los cambios más significativos se dio en el plano social y político en relación con el rol de las mujeres.

Al inicio, la idea de incorporar la paridad de género en la dirigencia comunal generó resistencia, pues algunos hombres consideraban que las mujeres no tenían la experiencia necesaria. No obstante, el proceso continuó avanzando. Un hito clave fue la aprobación de la cuota de género en las juntas directivas comunales. Hoy, mujeres de la comunidad ocupan cargos de liderazgo, incluida la jefatura comunal.

Este tipo de cambios no estaban «programados» como resultados técnicos, pero muestran cómo una intervención puede abrir dinámicas más profundas.

Tensiones, aprendizajes y lo que viene

El proceso, sin embargo, no ha sido lineal ni exento de dificultades. Uno de los principales desafíos ha sido el tiempo. La agroecología no produce resultados inmediatos, y en el caso del cacao, pueden pasar varios años antes de obtener ingresos significativos. En contextos de necesidad económica, esto genera tensiones.

También hubo resistencias concretas. Por ejemplo, algunos comuneros veían los comités ambientales como una carga adicional de trabajo. Otros cuestionaban la asignación de áreas de conservación, mientras que la reducción del uso de agroquímicos generaba temor frente a posibles pérdidas de cultivos.

A esto se suman los límites de nuestra propia intervención. Trabajamos con recursos acotados, en marcos de proyecto, y con equipos que atienden varios territorios al mismo tiempo. Por ello, no siempre fue posible responder a todas las demandas de la comunidad. Estos elementos nos recuerdan que la agroecología no es solo una cuestión técnica, sino un proceso social lleno de negociaciones, avances y retrocesos.

Aun así, la experiencia deja aprendizajes importantes. Quizás el principal es que la agroecología en contextos indígenas no puede reducirse a la parcela y a la producción. Para el pueblo asháninka, el territorio es un sistema de vida que integra bosque, agua, biodiversidad, y dimensiones culturales y espirituales. Trabajar en agroecología implica, por tanto, dialogar con esa complejidad.

Hoy, en Shintzijaroqui, la transición agroecológica está en marcha. Existen avances importantes: una cooperativa en funcionamiento, prácticas agroecológicas en expansión, áreas de conservación consolidadas, mujeres en roles de liderazgo. Pero también persisten desafíos, como fortalecer la comercialización, ampliar el alcance de las prácticas y consolidar la gestión territorial.

Para Fovida, la experiencia deja una lección clara: intervenir en estos contextos implica mucho más que implementar proyectos, pues involucra acompañar procesos, adaptarse, aprender y reconocer límites. La experiencia nos confirma que la agroecología no es una receta, sino un camino en construcción, que exige tiempo, flexibilidad y una relación cercana con las comunidades.

Billy Rimari

Bachiller en Ingeniería Económica con estudios de maestría en Gestión de la Inversión Social. Director del área de Sierra Selva Central de Fovida.

billy@fovida.org.pe

Ricardo Zacarías

Economista con estudios de maestría en Cooperación Internacional y Gestión de Proyectos de Desarrollo. Coordinador de proyecto en Fovida.

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