mayo 2026, Volumen 40, Número 1
La agroecología como proceso: un paso atrás, dos adelante

Asacasi: la comunidad que ordena su territorio para defender el buen vivir

Gladys Yovana Mamani Choqueza, Valeria Cajia Cajia y Víctor Limaypuma Ccoricasa | Página 22
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Papas nativas de la comunidad de Asacasi. Fuente: Archivo CooperAcción. 

A 4000 metros de altura, donde el viento corta y los cerros parecen guardianes antiguos, la comunidad campesina de Asacasi lleva años haciendo algo que en el Perú rural suele sonar aspiracional: planificar su propio futuro. Desde la vertiente oriental de la cor- dillera, en la provincia de Cotabambas, Asacasi (con sus anexos, caseríos dispersos y 11 054 hectáreas de puna y pajonal) ha apostado por una herramienta poco común en comunidades campesinas: un plan de ordenamiento territorial comunal (POTC) construido por ellos mismos. La decisión no fue técnica ni burocrática, sino política, nacida de una pregunta que hoy resuena en todas sus asambleas: ¿cómo cuidamos nuestro territorio para seguir viviendo bien?

El territorio como herencia y como mapa de futuro

Para los comuneros y comuneras de Asacasi, el territorio no es solo tierra: es memoria y horizonte. Lo dicen sin buscar metáforas: «Sin territorio no hay comunidad. Y sin comunidad, no hay vida». Ese sentido aparece en todos los testimonios, desde los de dirigentes mayores hasta los de jóvenes que han migrado y regresan para participar en actividades comunales y familiares o para pastorear.

La historia demográfica ayuda a entender ese vínculo. Asacasi, según el censo del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), tiene alrededor de 1060 habitantes que viven en un mosaico de anexos y caseríos: Ccasacancha, Añoccalla, Ayaccasi, Pillco, Ccormo, Parccania, Huasiccasa, Pacla Pa- cla, Llantapata, etc. Esta dispersión no es síntoma de fragmentación, sino de apropiación del paisaje. Cada familia, cada ayllu —término quechua que hace referencia a una comunidad o grupo de familias—, ocupa y cuida una parte de la microcuenca del río Palccaro, que es a la vez fuente de agua, corredor ecológico y sustento de la agricultura familiar.

Cuando CooperAcción llegó a la zona para acompañar procesos de fortalecimiento territorial, Julia Cuadros, fundadora de la organización, recuerda una preocupación que se repetía en las conversaciones con la comunidad: «Si no ordenamos nuestra tierra, otros lo harán por nosotros». El «otros» tiene nombre: el de las empresas mineras que desde hace más de una década han extendido su influencia en Cotabambas, incluyendo gigantes como MMG Las Bambas y BHP Billiton, entre otros.

Frente a ello, y en un contexto en el que las propuestas estatales de ordenamiento territorial tendían a ser más verticales —con avances a escala macro como las zonas ecológicas y económicas (ZEE) en regiones como Cusco o Cajamarca, luego frenados por disputas políticas—, las comunidades del sur andino ya venían ensayando sus propias estrategias, como planes de vida y otras formas de ordenamiento desde lo local. En ese marco, y por decisión de su asamblea comunal, Asacasi (junto a sus anexos) emprendió la elaboración de su propio POTC. Más que partir de cero, el proceso permitió sistematizar y profundizar conocimientos existentes, incorporando nuevas herramientas para identificar las potencialidades y limitaciones del territorio, mejorando la toma de decisiones. Fue un camino lento, reflexivo, lleno de idas y vueltas, pero profundamente pedagógico.

Para los/as comuneros/as, el ordenamiento no es una matriz técnica, sino un ejercicio de lectura del territorio desde la memoria y la convivencia cotidiana. Víctor Limaypuma, uno de los comuneros entrevistados, lo resume de forma precisa: «El ordenamiento es un documento guía, pero si no hay compromiso de los dirigentes, de las instituciones y de la misma comunidad, no sirve. Es una herramienta para defender lo nuestro».

 

Pobladores de anexo Perccata, parte de la comunidad de Asacasi. 
Fuente: Archivo CooperAcción



Presidente del anexo Pillco Ccormo. Fuente: Archivo CooperAcción.

El problema no es solo la presión comercial o la lógica del «hacer rápido»; la minería, directa o indirectamente, está transformando las expectativas de parte de la población

Agroecología: sostener la vida en un territorio frágil

En Asacasi, la agroecología no es una moda ni un concepto académico: es la forma tradicional de sobrevivir a 4000 metros. Rotación de cultivos, descanso de suelos o laymes, uso de abonos naturales, almacenamiento de semilla nativa, manejo de pastos, lectura del clima… todo eso que hoy suena innovador en debates urbanos, en Asacasi es simplemente «hacer bien las cosas» y la manera de transmitir los conocimientos ancestrales.

«Sin territorio no hay comunidad. Y sin comunidad, no hay vida». Ese sentido aparece en todos los testimonios, desde los de dirigentes mayores hasta los de jóvenes que han migrado

Pero, a diferencia de otras comunidades andinas, donde las prácticas agroecológicas se han mantenido con mayor continuidad, en Asacasi hay conciencia de que ese modelo está amenazado. Víctor lo explica sin rodeos: «La agroecología se practica, sí pero se está perdiendo porque ya es fácil comprar fertilizantes, pesticidas, fungicidas… La modernidad entra rápido y lo natural toma tiempo, compromiso».

El problema no es solo la presión comercial o la lógica del «hacer rápido»; la minería, directa o indirectamente, está transformando las expectativas de parte de la población. Los proyectos que las empresas suelen ofrecer en el marco de relaciones comunitarias tienden a promover la llamada «agricultura verde», basada en paquetes tecnológicos dependientes de insumos externos. Para Víctor, esto no es casualidad: «Para una empresa minera, la agroecología es un problema, porque la agroecología significa cuidar la naturaleza. Ellos necesitan destruirla para trabajar. Entonces, indirectamente promueven otra forma de agricultura, más química, más rápida».

Por eso, uno de los aportes más significativos del POTC es precisamente la reafirmación de la agroecología como estrategia de desarrollo y defensa territorial. No como una expresión de romanticismo, sino como la única forma viable de producción en un ecosistema altoandino vulnerable al cambio climático. La comunidad lo sabe por experiencia: cuando se dejan de usar insumos naturales, el suelo se endurece; cuando se introducen semillas híbridas, se pierde de resistencia a la helada; cuando se plantan pinos o eucaliptos, se reduce el agua para la ganadería. Y en Asacasi, agua y pastos son vida.

El POTC como herramienta de resistencia

Más que un documento, el POTC de Asacasi es un instrumento político y de gestión territorial. La comunidad lo utilizó para delimitar zonas de conservación, áreas de recarga hídrica, espacios productivos, rutas ganaderas y zonas de riesgo. También para definir qué no se debe tocar, qué sí se puede mejorar y cómo.

En un contexto donde la minería amplía su presencia a través de exploraciones y servidumbres, esta herramienta sirve para poner límites claros. No es que una empresa vaya a detenerse por la existencia de un plan comunal, pero cuando una comunidad sabe qué quiere, qué no quiere y por qué, la negociación cambia. Víctor lo plantea de forma pragmática: «La resistencia tiene que ser organizativa. Desde las familias, desde las mujeres, desde los jóvenes. Hay que tener propuestas claras: qué tipo de forestación queremos, qué semillas vamos a defender, qué tecnologías sirven y cuáles no».

El ordenamiento, así entendido, es una brújula; permite que la comunidad discuta con argumentos propios, basados en su conocimiento del territorio. Y ese conocimiento no es menor. En Asacasi, cada zona tiene nombre y significado: los bofedales donde bebe el ganado, las laderas donde crece el chillihua, los cerros vestidos de qewña que aún resisten, las tierras altas donde el viento arrastra la nevada.

El proceso de definición del POTC no solo permitió que todo ese conocimiento quedará registrado, validado colectivamente y convertido en un instrumento político; también abrió un espacio vivo de encuentro y discusión. En ese ir y venir de debates, fue tomando forma un punto de vista compartido y consensuado —«de la comunidad»— que no necesariamente existía de antemano, junto con una manera propia de nombrarse y reconocerse.

Esa construcción paulatina y, a veces, tensa es la que luego hace posible sentarse a negociar y, en última instancia, fortalecer la existencia y la vida de la comunidad.

En paralelo, el proceso dio lugar a instancias de formación con jóvenes y promotores de POTC, quienes comenzaron a leer mapas, utilizar GPS, identificar amenazas, analizar el clima y diseñar propuestas de adaptación.

La comunidad lo sabe por experiencia: cuando se dejan de usar insumos naturales, el suelo se endurece; cuando se introducen semillas híbridas, se pierde resistencia a la helada; cuando se plantan pinos o eucaliptos, se reduce el agua para la ganadería. Y en Asacasi, agua y pastos son vida

Zona forestada con qewña y cerco en el anexo Pillco Ccormo, 
comunidad de Asacasi. Fuente: Archivo CooperAcción.

Mirar el territorio desde el buen vivir

Las entrevistas en Asacasi insisten en un concepto que merece pausa: el buen vivir. No como la versión ecuatoriana o boliviana institucionalizada, sino como una comprensión propia, más íntima: vivir en equilibrio con la naturaleza, respetar la vida comunitaria, cuidar las semillas, mantener los modos de vida que garantizan continuidad. Otro de los comuneros entrevistados lo expresa con claridad: «El buen vivir está destruido en la práctica, sobre todo en las zonas urbanas, porque se copia mucho la vida occidental. Eso hay que replantearlo, recuperarlo. Requiere tiempo y esfuerzo». Y agrega algo que es central para entender la situación actual: «En zonas mineras hay que pelear el buen vivir. Porque si no, se pierde».

El POTC, desde esa perspectiva, no es solo un documento técnico: es un acto de re-existir; de reafirmar un horizonte comunitario en medio de un modelo extractivo que promete progreso, pero tiende a fragmentar tejidos sociales y a debilitar prácticas ancestrales.

 

Comunera forestando con plantas nativas en la comunidad de Asacasi. 
Fuente: Archivo CooperAcción.


Comuneros en el campo. Fuente: Archivo CooperAcción.

Los desafíos que vienen

Asacasi no es una comunidad aislada ni exenta de contradicciones. Hay migración, hay demandas de modernización, hay jóvenes que quieren estudiar, hay necesidades económicas reales. El desafío para el POTC —y para la agroecología— es dialogar con esas aspiraciones sin renunciar a la base territorial que sostiene a la comunidad.

El avance de la minería sigue siendo un riesgo latente. La presencia de BHP Billiton en la zona y el historial de conflictos en Cotabambas hacen que la comunidad mantenga una alerta permanente. Los dirigentes lo saben: una herramienta técnica no detiene un proyecto minero, pero sí fortalece la capacidad de respuesta, negociación y defensa de la comunidad.

Otro desafío se juega hacia adentro: sostener la cohesión entre anexos y caseríos. El proceso de desanexión de Casacancha, por ejemplo, deja ver que las tensiones territoriales no son sólo externas, sino que también emergen en el propio tejido comunal. Lejos de ser una anomalía, estos conflictos forman parte de la dinámica a través de la cual la comunidad se piensa, se redefine y negocia sus propios límites. Sin embargo, este nivel también tiene sus alcances: cuando los problemas trascienden la escala comunal —como ocurre, por ejemplo, en la gestión de una microcuenca—, se vuelve necesario articular con otros actores y niveles de decisión. En ese escenario, el POTC no opera únicamente como un marco común ya dado, sino como una herramienta de base que aporta información y orienta los debates. De hecho, tras la elaboración del plan, la comunidad impulsó la creación de la Mesa de Trabajo Asacasi, un espacio que convocaba a instituciones como la subregión, la municipalidad y organizaciones de la sociedad civil para dialogar sobre su implementación directamente en el territorio. No obstante, este espacio no logró sostenerse en el tiempo y hoy se encuentra inactivo. Aun así, la gobernanza comunal no se resuelve en el documento: requiere de un diálogo constante, capaz de procesar diferencias y sostener acuerdos en el tiempo. Se trata, además, de un proceso de largo aliento, cuyo despliegue e implementación se construyen gradualmente.

Finalmente, está el reto de sostener la agroecología en tiempos de cambio climático. Las heladas y las lluvias son más impredecibles ahora, mientras las plagas se multiplican. La agroecología no es un retorno al pasado, como algunos piensan, sino una innovación anclada en el conocimiento local. Y demanda más trabajo, más organización, más tiempo.

Un territorio que se defiende caminando en comunidad

Si algo queda claro después de escuchar a los comuneros de Asacasi es la idea de que el territorio no se defiende con discursos, sino caminándolo juntos/as. El POTC nació de recorridos, de debates en asambleas, de noches de frío, de subir y bajar cerros reconociendo puquios, midiendo pastizales, nombrando lo que importa. Pero nada de eso garantiza el futuro. La presión minera sigue ahí. El cambio climático también. Y las tensiones internas no desaparecen. Lo que hace distinta a Asacasi no es la ausencia de conflictos, sino la decisión de enfrentarlos colectivamente, con una idea clara de lo que quieren sostener. En un país donde el ordenamiento del territorio suele decidirse lejos de quienes lo habitan, experiencias como ésta plantean una pregunta incómoda: ¿quién tiene realmente el derecho de definir qué es desarrollo y para quién?

Al final, lo que deja Asacasi no es una respuesta única, sino una invitación a mirar el territorio no solo como un espacio, sino como una vida compartida en comunidad que, en medio de presiones múltiples y crecientes, insiste en pensar su futuro. Y no desde afuera, sino desde el corazón del territorio que habita, con la posibilidad de sostener lo colectivo y seguir decidiendo juntos y juntas. Porque en comunidad se vive como en familia, en un lugar donde se aprende, se cuida y se resiste. Desde ahí, con pasos firmes y lentos, en un caminar imperfecto, pero guiado por una esperanza obstinada, se va construyendo futuro.

Gladys Yovana Mamani Choqueza

Ingeniera química por la Universidad Nacional del Altiplano, con estudios de maestría en Ecología y Gestión Ambiental. Coordinadora del Programa Andino en CooperAcción.

ymamani@cooperaccion.org.pe

Valeria Cajia Cajia

Egresada de Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional del Altiplano. Trabaja en el área de comunicación de CooperAcción, desarrollando estrategias sobre derechos humanos, ambiente y comunidades campesinas.

Víctor Limaypuma Ccoricasa

Antropólogo por la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, originario de la comunidad de Asacasi (Cotabambas, Apurímac). Ha sido regidor provincial y presidente del Frente de Defensa de Cotabambas.

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