septiembre 2026, Volumen 40, Número 2
Juventudes en movimiento por la agroecología

Hacer eco desde el territorio: juventudes rurales, narrativas digitales y agroecología en el Altiplano boliviano

Maira Samantha Cabrera Salazar, Marisa Paredes Baltazar | Página 9
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Introducción

Este artículo presenta los aprendizajes de HAZ ECO: Juventudes sembrando el futuro y de su Laboratorio Wayna Aru, una experiencia que fortaleció las capacidades de jóvenes rurales del Altiplano boliviano para comunicar la agroecología desde sus propias voces. A partir de una investigación participativa y del acompañamiento a emprendimientos, el proceso articuló identidad territorial, narrativas digitales y creación de contenidos. La experiencia muestra que escuchar, adaptarse a las trayectorias juveniles y reconocer las voces locales convierte la comunicación en una herramienta de incidencia y escalamiento agroecológico.

«Aquí, mi familia Ticona Flores». Así presenta Orlando Ticona la granja que sostiene junto con su esposa frente al cambio climático. Produce alimentos sanos y comunica su experiencia para aportar a «una Bolivia más justa, más equitativa y más armónica con la Madre Tierra». Como él, muchas juventudes rurales narran su territorio desde adentro.

Historias como la suya fueron el corazón de HAZ ECO, proyecto ejecutado por la Fundación Proinpa con apoyo de la Fundación McKnight entre 2024 y 2025. La iniciativa buscó promover la movilización juvenil a través del impulso de la seguridad alimentaria y la transición agroecológica, partiendo de una convicción: que las juventudes rurales no son solo destinatarias de capacitación, sino productoras de conocimiento y comunicadoras de la agroecología.

El proyecto se ordenó en dos momentos: primero, una investigación participativa sobre trayectorias, aspiraciones y movilidad de las juventudes rurales andinas. Después, una fase de formación en creación de marca, producción audiovisual y liderazgo, junto con el acompañamiento a emprendimientos. De este proceso nació el Laboratorio Wayna Aru («Voces Jóvenes», en aymara), en el que la comunicación digital se convirtió en una herramienta de incidencia y escalamiento agroecológico.

Primero, escuchar

Una de las principales lecciones de HAZ ECO fue metodológica: antes de diseñar las capacitaciones, era necesario comprender con qué juventudes estábamos trabajando y cómo interpretaban su vida, su comunidad y su relación con la tierra. A través de mapas parlantes, líneas de tiempo, «el relato de la papa» y la dinámica Tejiendo nuestros diálogos, trabajamos con 150 jóvenes, muchos de los cuales ya impulsaban iniciativas de autoempleo y emprendimiento vinculadas a la agroecología. Sus proyectos de vida combinaban la necesidad de generar ingresos con la búsqueda de autonomía, identidad y nuevas formas de mantenerse ligados a sus territorios, incluso sin residir permanentemente en ellos. Además, se conformó una comunidad de aprendizaje con 17 jóvenes dirigida a profundizar en sus trayectorias y relatos de vida.

Las voces de los/as participantes no solo aportaron respuestas, sino que permitieron a las juventudes nombrar su propia experiencia. Las/os participantes se reconocieron como «jóvenes mixtos», una categoría construida por ellos mismos para explicar su movilidad entre la comunidad, la ciudad y otros espacios. Una persona se describió como alguien que «sale y viene a la ciudad y a otros lugares… también a mi comunidad»; otra recurrió a la imagen de una paloma que puede ir a la ciudad y regresar a su pueblo, donde están su familia, sus recuerdos y sus responsabilidades. Esta movilidad, lejos de significar desarraigo, expresa una forma distinta de mantener el vínculo con el territorio.

La movilidad también se refleja en el vínculo con la producción. Para muchas/os jóvenes, estudiar o salir temporalmente no significa alejarse de la tierra, sino adquirir conocimientos para aplicarlos en sus comunidades y mejorar cultivos, cuidar el suelo, producir hortalizas y reducir el uso de agroquímicos. Como expresó uno de ellos: «La agroecología es una rama muy importante; es la producción con pura materia orgánica, nada de químicos, nada de agroquímicos».

La comunidad era algo más que un lugar de origen: fue descrita como un espacio de tranquilidad, memoria, trabajo familiar y producción de alimentos. Como señaló un participante: «Todo el cerro es un sector productivo porque lo que necesitamos es alimentar a los centros urbanos». Así, el campo se reconoce como un territorio vivo, que sostiene la alimentación y permite imaginar alternativas agroecológicas.

El alma de la agroecología

En la primera fase, quedó claro que muchas juventudes ya manejaban nociones técnicas sobre producción orgánica, carpas solares, humus, hortalizas y crianza de animales menores. Sin embargo, para conectar con sus trayectorias no bastaba con transmitir conceptos: también era necesario trabajar el «alma de la agroecología»; es decir, su dimensión afectiva, territorial, cultural y comunitaria.

Con esta mirada, se diseñaron materiales pedagógicos que vincularon agroecología, identidad, cuidado de la tierra y memoria familiar. La guía incluyó dos capítulos: «Haz eco, tu voz importa. El alma de la agroecología», sobre los efectos de la agricultura convencional y sus alternativas; y «Creación de contenido. Produce un video corto», con herramientas para planificar, grabar y editar videos con el celular.

El enfoque respondía a algo que las juventudes expresaban con claridad: no querían solamente recibir información, sino contar lo que ya hacían y compartir los saberes aprendidos en sus familias. Por eso, los videos abordaron emprendimientos, conocimientos ancestrales, diálogo intergeneracional, cambio climático, música y tradiciones.

Lejos de dispersar el proyecto, esta diversidad mostró que la agroecología puede aprenderse y comunicarse desde múltiples experiencias: una carpa solar, una historia con los abuelos, una canción andina o la preocupación por la sequía. En el campo existen diversas formas de narrar la relación con el territorio.


El diálogo con abuelas y abuelos transmite saberes sobre la tierra y la vida comunitaria, mientras que con madres y padres suelen surgir tensiones sobre el futuro fuera del campo.


De los talleres al Laboratorio Wayna Aru

La segunda fase convirtió estos hallazgos en acción. A partir de lo expresado por las juventudes, se diseñó un plan de formación para acompañar iniciativas agroecológicas del Altiplano norte y centro. Como muchas juventudes combinan estudio, trabajo, producción y responsabilidades familiares, las mentorías se adaptaron a sus tiempos mediante sesiones virtuales, acompañamiento personalizado y una jornada práctica de grabación en campo.

En total, 150 jóvenes se formaron en video, narrativa y agroecología; 14 emprendimientos participaron en las mentorías; y 11 completaron procesos de creación de marca, logotipo y materiales de difusión. Así se consolidó el Laboratorio Wayna Aru, en el que el celular se convirtió en una herramienta de incidencia para mostrar cómo producen las juventudes y por qué lo hacen.

El caso más visible fue el de Orlando Ticona, ingeniero agrónomo e impulsor de La Granja Chonchocoreña, ubicada en el municipio de Viacha, departamento de La Paz, Bolivia. Con el acompañamiento del Laboratorio, sus videos alcanzaron miles de reproducciones, muy por encima de su número de seguidores. Más allá de las cifras, el resultado mostró la fuerza de una voz que comunica desde su propio territorio y genera confianza al compartir cómo produce y por qué lo hace. Su experiencia llegó también a Radio San Gabriel, en la que habló sobre cambio climático, agricultura familiar campesina y agroecología.

El caso de Orlando no fue aislado. El análisis de 170 videos sobre agroecología y juventud rural mostró que el 61,2 % de los contenidos más influyentes provenía de cuentas personales de creadores locales, jóvenes agricultores y líderes comunitarios, antes que de las cuentas institucionales o de proyectos. También reveló que el alcance no dependía necesariamente del número de seguidores, pues perfiles pequeños, pero con identidad propia y arraigo territorial, lograban conectar con fuerza con sus públicos.

Emprender, comunicar y permanecer

Las iniciativas acompañadas por HAZ ECO necesitaban fortalecer su identidad, visibilidad y capacidad de comunicación. Por eso, la creación de marca no se trabajó solo como una estrategia comercial, sino como una forma de reconocer el valor del territorio y las raíces que sostenían cada emprendimiento.

Poner nombre a lo propio no es un trámite. Jenny Chura llamó Eco Brotes a la producción de su familia en la comunidad de Cantapa; Daniel Ticona resumió su propuesta ganadera, Asfernati, en la frase «Genética que honra la tierra»; Sandra Osco unió en Suma Lulu su artesanía y su territorio; y Orlando Ticona comunica lo que produce en La Granja Chonchocoreña. En cada caso, el acompañamiento ayudó a reconocer el valor de lo que ya hacían y a presentarlo con mayor confianza ante sus comunidades.

Emprender en agroecología no significa solo vender un producto. También implica sostener una práctica, articular redes familiares, conciliar los tiempos de estudio y trabajo, y ganar legitimidad en espacios donde la voz de las juventudes no siempre es escuchada. Por eso, el liderazgo se trabajó de manera transversal: no como un discurso motivacional, sino como la capacidad de hablar en público, contar una historia y proyectar una iniciativa.

Esta mirada es especialmente importante para las mujeres jóvenes, quienes suelen enfrentar mayores responsabilidades de cuidado, tienen menos tiempo disponible y lidian con más barreras para acceder a recursos como la tierra. Por eso, no basta con invitarlas a participar: también es necesario preguntarse en qué condiciones lo hacen, quién dispone de tiempo y quién recibe reconocimiento.

Aprendizajes para sembrar con juventudes

La experiencia de HAZ ECO dejó cinco aprendizajes para el trabajo con juventudes rurales en procesos agroecológicos.

El primero es escuchar antes de diseñar: las herramientas participativas permitieron comprender sus intereses y evitar propuestas alejadas de sus trayectorias.

El segundo es fortalecer los vínculos intergeneracionales e intrageneracionales. El diálogo con abuelas y abuelos transmite saberes sobre la tierra y la vida comunitaria, mientras que con madres y padres suelen surgir tensiones sobre el futuro fuera del campo. Entre jóvenes, en cambio, se comparten conocimientos digitales, experiencias y empatía, y se crean propuestas en conjunto.

El tercero es comunicar la agroecología desde experiencias concretas. Cuando un/a joven muestra cómo trabaja con su familia, cuida el suelo o instala una carpa solar, no solo explica una técnica: comparte una forma de vida.

El cuarto es reconocer las redes sociales como aliadas del escalamiento agroecológico. Su potencial aumenta cuando las historias son contadas por voces locales y no únicamente desde vitrinas institucionales.

El quinto es adaptar el acompañamiento a los tiempos reales de las juventudes. Muchas estudian, trabajan, producen y sostienen responsabilidades familiares al mismo tiempo; por ello, los horarios flexibles, las sesiones virtuales y los materiales autónomos facilitaron su participación.

En conjunto, estos aprendizajes demuestran que la transición agroecológica necesita procesos participativos, sensibles al contexto y sostenidos en el tiempo. Las juventudes requieren formación técnica, pero también confianza, redes, reconocimiento y espacios para comunicar desde sus propios lenguajes.

Las juventudes ya están narrando el cambio

HAZ ECO permitió constatar que las juventudes rurales del Altiplano no son solo el futuro de la agroecología: son un presente que produce, aprende, emprende y mantiene vínculos con su territorio. El Laboratorio Wayna Aru evidenció que el escalamiento agroecológico no ocurre únicamente cuando una práctica se replica, sino también cuando se convierte en una historia que circula y moviliza a otras personas.

El desafío es sostener estos espacios para que jóvenes, universidades y comunidades fortalezcan sus capacidades de comunicar la agroecología desde los Andes. No se trata de hablar por las juventudes, sino de amplificar sus voces y reconocer que el campo también innova, comunica y siembra futuro.

 

Maira Samantha Cabrera Salazar

s.cabrera@proinpa.org

Comunicadora social y magíster en Procesos de Información y Comunicación por la Universidad Católica Boliviana San Pablo (Bolivia). Consultora y especialista en comunicación para el desarrollo en la Fundación Proinpa, con enfoque en género, juventudes y desarrollo rural. Coordinadora general del proyecto HAZ ECO.

Marisa Paredes Baltazar

maripare422@gmail.com

Comunicadora social y consultora en comunicación para el desarrollo, con experiencia en investigación social, juventudes rurales, género, sistematización de experiencias y producción de contenidos para proyectos de desarrollo territorial.

 

Referencias

  • Altieri, M. A. (2002). Agroecología: principios y estrategias para diseñar sistemas agrarios sustentables. En Agroecología: El Camino hacia una Agricultura Sustentable (cap. 2).
  • Fundación Proinpa. (2025). Informe final del proyecto “Movilización social liderada por las juventudes para impulsar la seguridad alimentaria a través de la transición agroecológica en Bolivia”. McKnight.
  • Paredes Baltazar, M. G., Camacho Peredo, L. N., Encinas, M. B., & Phillips Pedriel, L. A. (2025). Sistematización de resultados del proyecto “Movilización social liderada por las juventudes…”. Proinpa

 

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