Editorial
Martha Soriano y Ana Dorrego Carlón | Página 5 DESCARGAR REVISTA COMPLETAHablar de juventudes rurales en América Latina implica reconocer los profundos cambios que han atravesado los territorios campesinos e indígenas.
La descampesinización y la desagrarización, junto con la falta de oportunidades, el acceso limitado a la tierra y las condiciones precarias de trabajo, han difi cultado que los jóvenes puedan construir sus proyectos de vida en el campo.
La migración ha sido, para muchos/as, una opción frente a estas condiciones. Sin embargo, las experiencias reunidas en esta edición muestran que las historias son diversas. Muchas juventudes siguen vinculadas a los territorios, la tierra, las prácticas y las formas de vida campesina, buscando nuevas maneras de permanecer a través de la agroecología, que permite seguir construyendo opciones de vida digna en el campo con las que transforman sus territorios.
En «¿Quiénes son las juventudes agroecológicas? Refl exiones desde una generación bisagra», Julián Ariza y otros (pp. 16-20) plantean que las juventudes agroecológicas constituyen un sujeto político en construcción. No se trata de un grupo homogéneo ni de una categoría defi nida únicamente por la edad; por el contrario, son jóvenes con trayectorias diversas que comparten, entre otras cosas, la aspiración de construir un proyecto de vida en la ruralidad, a la par que enfrentan difi cultades para acceder a la tierra y a espacios de toma de decisión. Su presencia en organizaciones y movimientos agroecológicos muestra que, aunque no siempre sean reconocidos, están demandando e hilvanando un lugar propio.
Otros artículos permiten mirar esta realidad desde experiencias concretas. En «Entre la universidad y la milpa», de López y Flores (pp. 43-47), las/os jóvenes entrevistados muestran que su relación con la agricultura no ha desaparecido, aunque sus tiempos, responsabilidades y posibilidades de participación hayan cambiado. La milpa continúa siendo fuente de alimento, pero también de identidad y pertenencia.
Al mismo tiempo, estas juventudes buscan incorporar nuevas herramientas y soluciones a los problemas que enfrentan. La pregunta ya no es simplemente cómo conservar la agricultura tal como les fue legada vivencialmente, sino cómo hacer posible que siga formando parte de sus vidas.
Esto lleva a repensar la idea de relevo generacional. Las nuevas generaciones no son únicamente receptoras de conocimientos y prácticas que deberán continuar; son también agentes en la reorganización de los procesos productivos y alimentarios capaces de cuestionar, innovar y crear nuevas formas de hacer agroecología. Las Escuelas de Agroecologías del Sur (pp. 21-27), por ejemplo, no se plantean solamente transmitir conocimientos: son espacios para preguntarse críticamente qué agroecología necesitan las comunidades en contexto para tejer colectivamente posibles opciones de vida digna y de cuidado de los territorios. En estos procesos, el conocimiento se construye mediante el diálogo entre saberes y experiencias diversas desde un horizonte de bioculturalidad, arraigo y pertenencia a los territorios.
El diálogo intergeneracional aparece también en otros textos de esta edición. En «Sembrando identidad» (pp. 28-33), jóvenes harakbut que salieron de sus comunidades para estudiar cuentan cómo ese recorrido transformó su manera de mirar su propia identidad. Así, lo que alguna vez pudo generar vergüenza se convierte después en motivo de orgullo y en una oportunidad para fortalecer a la comunidad. En «Volver para mirar», la Casa de Saberes de X-Hazil Sur (pp. 40-42) propone acompañar a las niñeces desde el intercambio intergeneracional, entendiendo el aprendizaje como una recreación de saberes y no como una simple transmisión. Y en la entrevista a la representate de JORA (pp. 64-67), los hijos e hijas de los/as guardianes de papa encuentran en la organización juvenil un espacio para dialogar con sus familias y aportar nuevas ideas.
Estas experiencias también nos recuerdan que escuchar a las juventudes es una condición para trabajar con ellas. YPARD Perú (pp. 34-39) destaca la necesidad de escuchar y dar protagonismo a las juventudes; mientras que «Hacer eco desde el territorio» (pp. 6-9) propone escuchar antes de diseñar y adaptar los procesos de acompañamiento a sus tiempos reales. En otros casos, escuchar implica cultivar relaciones de confi anza, explorar metodologías creativas, dejarse sentir, y reconocer los sentidos y afectos como formas de comprender y transmitir conocimientos. Las experiencias de encuentros, visitas, degustaciones y otros espacios vivenciales muestran que la agroecología también se aprende con el cuerpo, con la memoria y con las emociones.
Pero escuchar no es sufi ciente si no existen condiciones para que las juventudes puedan ejercer su capacidad de decisión. Los artículos reunidos en este número coinciden en varios desafíos: el acceso a la tierra, la formación, los ingresos y mercados justos, las políticas públicas y la participación en espacios donde se toman decisiones.
Estas difi cultades se agudizan para las mujeres jóvenes, que encuentran mayores obstáculos para acceder a la tierra y participar en la toma de decisiones. Las juventudes indígenas enfrentan, además, desafíos relacionados con el reconocimiento y fortalecimiento de sus identidades y saberes.
Por ello, el derecho a permanecer en los territorios no puede entenderse como una obligación de las nuevas generaciones de quedarse en el campo. Permanecer debe ser una posibilidad que requiere condiciones materiales, reconocimiento, espacios de participación y oportunidades para construir proyectos de vida dignos. Las demandas de acceso a la tierra, formación, políticas públicas, espacios de participación y redes de apoyo que aparecen en experiencias como las de YPARD o la Red Mexicana de Juventudes por la Agroecología son también llamados colectivos a transformar esas condiciones.
Las juventudes están creando esas redes. Iquityolotl (pp. 48-53) construye y reclama espacios propios de las juventudes dentro de los movimientos agroecológicos al crear y construir redes y espacios propios de aprendizaje, diálogo y mutuo apoyo. «Hacer eco desde el territorio» muestra cómo las herramientas digitales pueden convertirse en aliadas para comunicar la agroecología desde las propias voces juveniles. En este sentido, el escalamiento no consiste solamente en accionar prácticas agroecológicas en el propio contexto; también ocurre cuando una historia circula, genera identifi cación y moviliza a otras personas.
Los textos reunidos en esta edición nos invitan, en defi nitiva, a mirar a las juventudes como motor de la agroecología. Los/as jóvenes están organizándose, produciendo, aprendiendo, comunicando, valorando sus identidades, experimentando y disputando espacios de decisión. Reconocerlo/as como protagonistas implica también aceptar las transformaciones que sostienen gracias y a través de la agrecología. En este sentido, la agroecología se muestra como una propuesta capaz de escuchar otras voces, incorporar nuevos conocimientos y formas de hacer, y crear las condiciones sostenibles para que niñas, niños y jóvenes puedan habitar un presente digno y labrarsoñar sus propios futuros en los territorios. Las experiencias que presentamos en este número muestran que no es una aspiración para el futuro, sino una transformación que ya está en marcha.
Martha Soriano y Ana Dorrego Carlón
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