septiembre 2013, Volumen 29, Número 3
Educación para el cambio

Ser la diferencia puede hacer la diferencia: ¿Es hora de parar el “fortalecimiento de capacidades”?

MYRIAM PAREDES, STEPHEN SHERWOOD | Página 40-41
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Nuestra experiencia como profesionales del desarrollo comenzó en el auge de las ONG en América Latina, a finales de los años 1980. Fue un período en el que hubo un amplio consenso sobre los males de la Revolución Verde y la transferencia de tecnología, que se resumen aquí (véase la Tabla 1). Nuestra generación se veía a sí misma como pionera, encargada de forjar un nuevo camino en la práctica del desarrollo construido con una intensa actividad, responsabilidad local inclusión y altos grados de interacción y colaboración, y que llegó a ser ampliamente reconocido como “desarrollo participativo” (Desarrollo 2.0). Nuestro principal medio de transformación social era “la creación de capacidades”.

Durante más de dos décadas, cada uno de nosotros construyó una carrera tratando de llenar “vacíos de conocimiento”. Tuvimos la suerte de trabajar con una serie de programas innovadores, como Campesino a Campesino, Experimentación Conducida por Agricultores y Escuelas de Campo de Agricultores. Para nuestros colegas y nosotros mismos, el desarrollo fue más que un trabajo. Nos sentíamos parte de un movimiento emancipador.

Hemos trabajado con las familias rurales para evaluar los problemas y codiseñar las intervenciones. Creamos enfoques dinámicos de aprendizaje basados en el descubrimiento y entrenamos y movilizamos a líderes locales. Dimos inicio a temas técnicos prometedores, tales como abonos verdes y cultivos de cobertura, labranza limitada y siembra directa, fortalecimiento de los sistemas locales de semillas, manejo integrado de plagas y agroecología. Introdujimos estrategias para el manejo de conflictos y así hacer frente a los intereses del poder y ayudamos a los agricultores de pocos recursos a ganar el acceso a la tierra, el agua y los mercados. Los resultados fueron a veces espectaculares, inclusive llegaron a cambiar la vida tanto de los participantes como de los profesionales del desarrollo. Así que fue con gran vacilación que hemos empezado a cuestionar el Desarrollo 2.0, en particular su noción del “fortalecimiento de capacidades”.

Como escribimos anteriormente en Farming Matters (26-4, diciembre 2010. ILEIA, Países Bajos), en los inicios, la mayoría de los profesionales del desarrollo fueron formados en las zonas rurales y habían pasado por un proceso propio de transformación personal. ¡Había poca teorización sobre propuestas de cambio social! En contraste, hoy la práctica del desarrollo se ha profesionalizado en gran parte y, en el proceso, el cambio social se ha convertido en una abstracción, incluso para los profesionales nacionales que generalmente vienen de las ciudades. Mientras tanto, en nombre de la transparencia, las nuevas condiciones burocráticas y financieras imponen restricciones administrativas cada vez más exigentes, todo ello en nombre de “servir al campo”. Siempre dura, la práctica del desarrollo se encuentra ahora mismo envuelta en una camisa de fuerza operativa. Por muy bien intencionada y reflexiva que sea en la práctica, el fortalecimiento de capacidades tiende a perpetuar las características no deseadas del Desarrollo 1.0: cambio social concebido externamente al contexto local, con actividades predeterminadas y generalmente conducidas por una clase de expertos. Para muchos, las contradicciones entre lo que se dice en los espléndidos folletos de una organización y lo que es posible en el campo han llegado a ser ¡demasiadas! A un nivel más personal, a raíz de la crisis financiera en Estados Unidos y Europa y el posterior colapso de la cooperación internacional en América Latina, desviamos nuestra atención hacia nuestra finca familiar, el vecindario, y los movimientos alimentarios locales. Por lo tanto, ya no tenemos el lujo de operar como profesionales abstractos. Recibimos unos mil visitantes por año: agricultores, estudiantes y gente simplemente curiosa. Así como nos hemos beneficiado de los demás, compartimos nuestras experiencias de vida en la finca y a la vez ganamos acceso a las experiencias y redes de otros. Ahora encontramos que nuestro ejemplo (¡o la falta de él!) demanda una atención continua y nos hace, simultáneamente, protagonistas y beneficiarios.

Al igual que en otras partes, en Ecuador los mercados modernos tienden a funcionar en contra de las familias rurales. Asumimos otros trabajos para ayudar a financiar la finca, que en nuestro caso son la enseñanza universitaria y la investigación.

No estamos solos. Dejando a un lado nuestras carreras como profesionales del desarrollo, nos hemos dado cuenta de que muchos excolegas han pasado por un cambio similar. Si bien la mayoría no puede darse el lujo de practicar la agricultura o no tiene interés, muchos han iniciado proyectos propios interesantes que sirven como plataformas para el cambio social: la danza creativa, títeres y teatro, talleres de bicicletas y ciclismo urbano, tiendas de alimentos orgánicos y restaurantes, así como camping, canotaje en ríos y equipos para excursionismo, por citar algunos ejemplos. Hemos aprendido que a través de simplemente ser la diferencia, uno puede hacer la diferencia.

Lo que ha cambiado en el proceso es nuestra vulnerabilidad y responsabilidad como agentes de cambio. Nuestra capacidad de hacer que las cosas no dependan únicamente de la voluntad de la sede o el capricho de un donante, sino más bien de la coherencia del ejemplo de uno mismo, así como las relaciones y la habilidad de movilizar creativamente los recursos humanos y sociales para la causa. Para nuestra agradable sorpresa, esta tercera vía o “Desarrollo 3.0” está yendo bien. Podría admitirse que el Desarrollo 3.0 siempre existió, pero a nosotros el profesionalismo al interior de la industria del desarrollo nos cegó e impidió verlo, si no conceptualmente, en la práctica.

Para aquellos que sostienen que las dinámicas a nivel de la familia son “pequeñas”, nuestra respuesta es triple. En primer lugar, hay miles de millones de hogares en este planeta, en los cuales cada uno de nosotros reside y opera no como profesionales, sino como practicantes: mamás y papás, hermanas y hermanos, vecinas y vecinos. No existe espacio más rico, mejor situado, autoorganizado y financiado. En segundo lugar, las familias no operan aisladamente o en un vacío. Más bien, sus miembros forman parte de redes sociales muy diversas y dinámicas, infinitamente conectadas con otras a través de ideas, ideales e ideología. Por último, si hay algo que tenemos que tener en cuenta en el desarrollo, es que el cambio empieza pequeño y crece y se diversifica en todo tipo de formas inesperadas e impredecibles. En otras palabras, el desarrollo no puede ser determinado intencionalmente y ni siquiera administrado. En última instancia, necesita emerger a través de la práctica, lo que nos lleva de nuevo a la importancia del hogar.

Hoy en día, muchos de nuestros colegas se desempeñan como profesionales y activistas de sus propias causas. En el proceso, en gran medida, ya no prestamos más atención a proyectos que son explícitamente para el fortalecimiento de capacidades, al menos en el sentido convencional. De alguna manera, sin financiación externa ni proyectos y marcos lógicos, seguimos adelante como consumidores-productores de nuestras realidades, es decir ¡coproductores!: campesinos o urbanos, mamás y papás, así como vecinas y vecinos. ¿Será hora de dejar de preocuparse tanto acerca del   fortalecimiento de capacidades de otros y empezar a invertir más energía en simplemente “ser” y “vivir”?

Myriam Paredes
Desarrollo Territorial Rural, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Quito, Ecuador
mcparedes@flacso.org.ec
 
Stephen Sherwood
Conocimiento, Tecnología e Innovación (Knowledge, Technology and Innovation). Universidad de Wageningen, Países Bajos
stephen.sherwood@wur.nl
 
Copropietarios de Urkuwayku, finca orgánica conducida familiarmente en La Merced, Ecuador.

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