
Diálogos familiares con las abuelas y los abuelos indígenas de Aldama, Chiapas, México
ANDREA LÓPEZ LÓPEZ | Página 41 DESCARGAR REVISTA COMPLETALa Maestría en Agroecología de El Colegio de la Frontera Sur (México) me permitió realizar el trabajo de titulado “Caminar la milpa con árboles junto con los saberes de los abuelos en Aldama, Chiapas”. Uno de los aspectos fundamentales de esta investigación fue generar vínculos de confianza y respeto entre la estudiante, la familia, la comunidad y la Madre Tierra. Así surgió un diálogo con la comunidad, en el cual participaron hombres y mujeres de entre 15 y 96 años, con quienes compartimos la importancia de recuperar los conocimientos ancestrales sobre la asociación de la milpa con árboles.
En este diálogo se destacó cómo las y los abuelos mantienen distintas formas de comprender y transmitir los saberes a través de la palabra y la oralidad. Como mujer joven, estudiante y originaria de Aldama, Chiapas, puedo decir que ha sido un reto comprender a las y los abuelos y sus formas de ver, razonar y expresar sus dolores sobre la pérdida de prácticas ancestrales, especialmente de los árboles en la milpa. Esta práctica intergeneracional representa un respeto profundo hacia la vida, la flora y la fauna, transmitido por nuestros antepasados. Decidí aprender de las personas mayores sobre la milpa con árboles para valorar y preservar este conocimiento como patrimonio para futuras generaciones. Este proceso fue una nueva experiencia de diálogo, en el que participaron estudiantes, académicas y, sobre todo, familias campesinas e indígenas. Este diálogo nos permitió reflexionar sobre la urgencia de prestar atención a los conocimientos ancestrales que se están perdiendo, especialmente aquellos relacionados con la milpa y los árboles.
Durante las conversaciones, descubrí que las y los abuelos sienten un profundo dolor por la pérdida de estas prácticas, no solo por su valor ecológico, sino también como legado cultural. Para mí, este proceso ha sido una oportunidad de reconectar y convivir con ellos, lo que me ha permitido comprender de cerca el significado y valor de esta tradición. El municipio de Aldama, en el estado de Chiapas, México, cuenta con una población de 8480 habitantes, según datos del Inegi de 2020. Su territorio abarca 26.79 km² y está compuesto por veinticuatro localidades. La población es diversa, con habitantes provenientes de tres municipios: Magdalena (40 %), Chamula (45 %) y San Andrés Larráinzar (15 %). Todos hablan tsotsil, aunque con variantes según su lugar de origen. Realizar una investigación en mi comunidad de origen no fue sencillo al principio.
Los prejuicios y la discriminación que enfrenté por ser mujer, estudiante y por vivir fuera de la comunidad me hicieron pensar que sería rechazada. En particular, los abuelos y otros miembros de la comunidad temían que, como otros antes de mí, pudiera usar la información solo para beneficio personal. Sin embargo, con el apoyo de mi directora de tesis, quien me sugirió comenzar por mi propia familia, superé este miedo inicial. El primer paso fue acercarme a mis padres, hermanos y hermanas, y luego amplié la investigación al resto del municipio, involucrando a veinticinco campesinos y abuelos en el estudio sobre la milpa con árboles. Este fue un proceso de aprendizaje profundo, ya que los diálogos con mi familia y con otras familias variaron significativamente.
La participación de mis familiares y de las y los abuelos fue fundamental para acompañar y enriquecer el proceso.
Respeto entre campesinos y agricultores
El acercamiento con las distintas familias presentó dificultades, especialmente al comunicarme con las personas mayores del municipio. Para mantener el respeto hacia ellos, fue necesario emplear ciertas formas de interacción y diálogo. Por eso me pareció importante aprender de las y los mayores, ya que ellos/as se comunican y dialogan de manera distinta, dependiendo de la edad, género y creencias. Por ejemplo, durante mis visitas a las familias, observé varias formas de respeto:
• Con personas mayores: el saludo consiste en agachar la cabeza y estrechar la mano, preguntando k´uxi a vo-onton, que significa “¿Cómo está su corazón?”. Dependiendo de la respuesta, uno puede saber si la persona está en condiciones de participar en una actividad o si es mejor no invitarla. Cuando se visita a los mayores, es común ofrecer al visitante una silla para dialogar cómodamente. Mientras tanto, las abuelas preparan comida o preguntan a los abuelos si gustan pozol (bebida tradicional de maíz) mientras platican.
• Con personas que siguen usos y costumbres: al visitar a una familia que practica fuertemente los usos y costumbres, es común llevar bebidas tradicionales como el posh (un destilado tradicional) o Coca-Cola en envase, pues se consideran símbolos de respeto que facilitan la plática y generan confianza. Estas personas conservan las costumbres de los abuelos, incluyendo los saludos respetuosos.
• Religiosos: las personas religiosas son más abiertas a dialogar sobre distintos temas y con personas de diferentes etnias, sin necesidad de ofrecer bebidas o presentes.
• Con personas de otros grupos o etnias: es fundamental tener mayor cuidado en el uso del lenguaje, ya que, aunque todos hablen tsotsil, las variantes dialectales pueden causar malentendidos. Existe un gran respeto entre ellos porque temen ofenderse mutuamente. Dado que estas diferencias son tan importantes, fue esencial conocer a las personas con las que se iba a dialogar, entendiendo su identidad, grupo de pertenencia, creencias y disposición para abrirse a un diálogo.
Por ello, valoré mucho el acompañamiento de mi familia, quienes han vivido siempre en la comunidad, conocen bien a las personas, hablan la misma variante del idioma, y practican los mismos usos y costumbres. Como estudiante e investigadora, al principio me posicioné detrás de mi familia y abuelos, ya que, aunque pertenecía a la misma comunidad, sentía que me veían como alguien diferente, incapaz de mantener una conversación o plática sin antes ganarme su confianza. Sin embargo, los abuelos reconocieron que mi presencia fue fundamental, pues gracias a esta investigación se logró impulsar un diálogo entre jóvenes y mayores. Durante las entrevistas con personas de diversas localidades, me mantuve en silencio, intuyendo que era una forma de respeto hacia ellos. Me preocupaba usar palabras que pudieran incomodarlos, aunque ellos conversaban con mis padres entre risas, enojos y tristezas. Es increíble cómo manejan la palabra; no están acostumbrados a levantar la mano o pedir la palabra para participar; simplemente lo hacen. A veces dos personas hablan al mismo tiempo, pero se entienden entre sí. Aunque pareciera que discuten intensamente, al final siempre llegan a un acuerdo. Al observar estas dinámicas, comprendí que tenía mucho que aprender de ellos y que, sin importar de dónde venimos, lo más importante es adaptarnos a nuestros usos y costumbres.
Hablar de milpa es hablar de la vida y del futuro común
Discutir sobre la milpa implica abordar la vida y el futuro compartido. La conexión emocional de los saberes sobre la asociación de la milpa con los árboles es clave para transmitir conocimientos a las futuras generaciones. Reconocer el valor de estos saberes es esencial para enfrentar los desafíos que los abuelos experimentan en la recuperación y preservación de su legado ancestral, así como para encontrar la paz en sus corazones. Sin embargo, en tiempos recientes no ha sido común dialogar sobre las sabidurías de los abuelos, sus necesidades y preocupaciones, ni sobre la forma de transmitir esos conocimientos a las y los jóvenes, a pesar de que años atrás el diálogo era clave en las familias y comunidades. Para los/as abuelos/as hablar de la milpa “es música para sus oídos y alegría para su corazón”. Al enterarse de que mi investigación se centraba en la importancia de los árboles en la milpa, mis padres y muchos otros abuelos apoyaron mi propuesta. Ellos recordaban que, en el pasado, la milpa era un espacio de diálogo y convivencia donde se discutían saberes, problemas y aprendizajes de la vida, además de ser un lugar de intercambio de conocimientos con hijos y vecinos.
Las comunidades campesinas e indígenas tienen diversas formas de dialogar sobre sus saberes. Al hablar de la milpa, surgieron oportunidades para construir diálogos y vivencias, siendo la transmisión de conocimientos a las juventudes uno de los temas más relevantes en la investigación. Los abuelos mostraron gran interés por recuperar los conocimientos sobre la asociación de la milpa con los árboles. No obstante, observé que en estos diálogos las mujeres no siempre son incluidas, pues a menudo los hombres toman decisiones sin consultar con ellas, aunque algunas luchan por participar, ya que tienen un papel importante en el trabajo de la milpa.
Quizá se pregunten: ¿cómo se hicieron estos diálogos? A pesar de los cambios en las ciudades y las comunidades de pueblos originarios, los abuelos han dejado de reunirse en la milpa, optando por hacerlo en casa o en el patio. Las reuniones se llevan a cabo en la casa de un abuelo o líder, donde se discuten temas sobre la milpa y se buscan estrategias para mantenerla con árboles. Antes de estas reuniones, algunos abuelos aún colocan ofrendas en sus altares, como velas e inciensos, para pedir calma y entendimiento, lo que les proporciona paz y seguridad al momento de escuchar y dialogar.
Tejiendo saberes y recuperando diálogos ancestrales
Durante la investigación ocurrió algo inesperado: se creó un espacio de diálogo y escucha entre abuelos, abuelas, personas adultas y jóvenes basado en la confianza. Incluso me permitieron integrarme en el diálogo con ellos. Este intercambio abrió nuevas puertas al conocimiento y generó tranquilidad tanto en la mente como en el corazón. La dinámica de plática entre mi familia y las personas mayores, y la escucha activa de los jóvenes, fue crucial para recoger, tejer y construir aprendizajes valiosos. Como resultado, se registraron 47 especies de árboles nativos presentes en la milpa. ¿Qué hizo posible este diálogo intergeneracional? La clave fue dividir el diálogo en tres momentos. Primero, los jóvenes permanecieron en silencio, lo que permitió a los abuelos sentirse seguros para liderar la conversación y compartir sus conocimientos. El segundo momento fue la intervención de las juventudes para compartir sus saberes y expresar sus inquietudes. Finalmente, la tercera etapa consistió en la conclusión, tomando en cuenta las aportaciones de ambas partes. Aunque algunos podrían cuestionar si realmente fue un diálogo, dado que al principio solo los mayores hablaban, la respuesta es sí. Fue un intercambio basado en la experiencia, donde las y los jóvenes aprendieron escuchando sin interrumpir.
Posteriormente, se abrió un espacio para que la juventud, con respeto y humildad, aportara sus ideas y expresara sus dudas, complementando o modificando algunas decisiones de los abuelos. Por ejemplo, si los jóvenes consideraban que los árboles ocupaban mucho espacio en la milpa, los abuelos analizaban su punto de vista y decidían si estaban de acuerdo, participando de un diálogo detallado hasta que ambas partes quedaran satisfechas. Este proceso fue esencial para mí, no solo como investigadora, sino también como mujer y miembro de la comunidad. Participar en este diálogo intergeneracional me permitió adquirir nuevas experiencias y seguir construyendo el lekil kuxlejal o buen vivir junto a los abuelos y la nueva generación.
Andrea López López
Maestra en Agroecología por El Colegio de la Frontera Sur, México. Colaboradora independiente para el acompañamiento de colectivos de mujeres para el mantenimiento de huertos y la restauración de espacios de acahuales en el municipio de Aldama, Chiapas.
Correo: andrea.lopez@posgrado.ecosur.mx
Referencias
- Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). (2020). Censo de Población y Vivienda. Principales resultados por localidad (ITER). México.
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