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Sáb, Sep

Desenredando el trabajo y los cuidados detrás del consumo responsable de alimentos en una ciudad chiapaneca

volúmen 36, número 1
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Este texto es narrado desde la perspectiva de la primera autora; no obstante, la autoría es colectiva ya que no habría sido posible sin la colaboración de todas. Presento una visión de la experiencia de un mercadito agroecológico en Chiapas, México, a partir del testimonio de una mujer, productora de hortalizas. Yo soy consumidora y cofundadora de ese mercado y en el artículo intento hacer visible el trabajo intenso que hay detrás de las prácticas de consumo responsable que, a su vez, forman parte del trabajo de cuidado en que participamos principalmente las mujeres. Reconocer y nombrar esos trabajos que no son reconocidos desde la lógica económica predominante, pero a veces tampoco desde nuestras prácticas de consumo alternativo, es un imperativo ético y feminista para fortalecer las experiencias.


Hace casi 15 años, un grupo de amigas iniciamos un proyecto con la finalidad de acceder a alimentos que fueran producidos en condiciones lo más naturales posibles y por manos campesinas. Sabíamos que era una necesidad compartida por muchas personas en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas y, por otro lado, teníamos experiencia en el apoyo a productores agrícolas para vender sus productos en redes solidarias y emergentes.

Ese sueño y necesidad compartidos como consumidoras adquirió la forma de un sistema de pedidos de canastas semanales de verduras, pan y tortillas, que organizábamos de forma voluntaria cada sábado por la mañana, durante dos años. Al cabo del tiempo, esa iniciativa ha evolucionado –no sin dificultades– y ahora es un mercado de productos artesanales y agroecológicos que involucra a unos 30 agricultores y procesadores de alimentos, y al que asistimos varias decenas de consumidores. El mercado se instala los miércoles y sábados en un local rentado para ese fin, y los viernes en un centro de investigación.

El mercadito se ha convertido en un espacio de convivencia entre las familias consumidoras, sobre todo el día sábado, que es el más concurrido. Tenemos perfiles y dinámicas de consumo diferentes, pero en general compartimos valores de cuidado de nuestra salud, de nuestra tierra y de las personas, poniendo a la alimentación como eje articulador de ese cuidado. Somos responsables de llevar nuestra propia morraleta o canasta para evitar el uso de bolsas plásticas y es un acuerdo tácito que no se regatea el precio, considerando que es justo.

Los principales proveedores de verduras son dos familias productoras del Huitepec, un cerro ubicado en la periferia de la ciudad, que aún mantiene fragmentos de bosque de encino que provee agua limpia y materia orgánica necesarias para una producción limpia, acompañada del arduo trabajo y el compromiso de las familias que deciden no usar, o reducir al mínimo posible los agroquímicos (insumos ampliamente usados en la región). Una de esas familias es la de Laura y Esteban, una pareja joven que se dedica totalmente a la agricultura, actividad que muchas otras personas de su generación tienden a abandonar (Cruz-Salazar, 2012). Ellos han creado una pequeña empresa familiar que es su principal sostén, da trabajo a algunos vecinos y se fortalece con las nuevas relaciones y formas de producir y comercializar en esta ciudad.

Laura, de 28 años, casi siempre está al frente de las ventas en su puesto, frecuentemente cargando sobre su espalda al más pequeño de sus cuatro hijos. El mercado está abierto desde las 10:00 a. m., pero para ella la mañana comienza mucho más temprano:

El sábado es complicado porque tenemos que ir a buscar la flor de calabaza a las seis de la mañana. A veces faltó alguna otra cosita que nos encargaron de más […] y tienes que ir y cosechar rápido. A veces ya no desayunamos. Hacia allá salimos a las ocho, pasamos por mi casa para que suban las verduras ahí arribita; dan las ocho y media. Tenemos que llegar antes de las nueve, en lo que acomodamos ya nos llevó más tiempo, porque hay que acomodar todo para que se vea llamativo.

El trabajo es intenso y Laura desayuna entre el trajín de la venta, al tiempo que amamanta por ratos a su pequeño. Atender a los clientes, acomodar la verdura, hidratarla para que se mantenga fresca y agradable a la vista, reponer lo que se va acabando, hacer cuentas, son algunos de los quehaceres que realiza con el apoyo de su esposo o de algún trabajador.

Cansado el día sábado […] a veces tomamos nuestro café como a las 11 de la mañana y es cuando está la gente, así que solo un bocadito comemos, un pan o lo que encontremos. Ya a partir de las dos de la tarde, nuestro primer desayuno […]. A veces hay reuniones en el mercadito, salimos hasta las cuatro o cinco de la tarde, algunas veces sin comer. A veces quedamos en ciertos acuerdos y a veces quedan desacuerdos, así que siempre es complicada la asamblea. Ya saliendo de ahí venimos acá, comemos o pasamos a comprar algo para comer con los niños, ya dan las seis. Si tenemos fiesta, que es lo que más seguido en la comunidad, pues nos vamos a la fiesta, nos arreglamos, nos vamos y venimos hasta las nueve o diez de la noche, si no más.

Las y los consumidores podemos ver parte del trabajo involucrado en la venta, pero poco sabemos del trabajo previo y posterior de ese día y mucho menos de las labores acumuladas a lo largo de toda la semana. Según nos cuenta Laura, la jornada del viernes es en realidad la más compleja, pues además de toda la cosecha que se venderá el día sábado, tienen que organizar pedidos especiales, y también es un día de venta en el centro de investigación.

[Los martes y viernes] son más complicados porque empezamos desde las seis y media de la mañana. Me levanto un poco más temprano para alistar las cosas de los niños y que desayunen para ir a la escuela. Ya a las nueve de la mañana empezamos a cosechar, cosechamos todo el día. Como a las 10, los trabajadores se van a almorzar, les damos una hora para que vayan a desayunar y ya regresan a las 11, son vecinos de acá, viven cerca. Después ya nos ponemos a trabajar todos, a cosechar, todo el día sin descanso hasta que encontremos lo que necesitamos.
Ya como a partir de la una, tomamos agua, avena o pozol para retener el estómago lleno. De esa hora vamos componiendo, vemos las cosas que nos están haciendo falta; a veces, si está un poco mal la producción de las hojas, es más complicado porque tenemos que estarla escogiendo más, que esté perfecta la hoja para manojear, que no se vaya distinto, que si está muy tupido el cilantro hay que entresacarlo para que se vayan más gruesos los tallos, la espinaca igual, y todo eso. Eso sí lleva más rato, porque a las tres o cuatro de la tarde empiezo a hacer la comida y ya comemos todos. A veces, como a las cinco o las seis, hacemos lo que es menos, ya es más poquito lo que se hace, ya es menos trabajoso y así los trabajadores ya se van como a las cuatro.

Eso es lo que más se nos complica, componer, checar, siempre quedamos cansados. Esteban viene de vender todo agotado. Sí, es muy cansado, la espalda duele de tanto estar agachado. Y si no, duele la parte del cuello de tanto tener cargado al niño y estar cosechando y cosechando. Como que a veces me aburro, pero pues de esto dependemos, así que no nos queda de otra. Ya le vamos agarrando el ritmo a todo.

[Además,] como entregamos en restaurantes, hay ciertas verduras específicas, de tamaños diferentes, que hay que seleccionar. Nos dicen qué es lo que necesitan y nosotros lo llevamos, pero eso sí es un encargo aparte, y es todo el día, porque son hojas muy pequeñas. Esos, yo me encargo de hacerlos, yo me encargo de toda la cosecha. Tengo que ver qué es lo que se va llevar, cuánto se va llevar, qué cosa es lo que va a ir más o qué cosa menos […]. Hay que sacar la cantidad que nos pidan.
A todo eso nosotros le decimos hojas babies, son unas hojitas pequeñas, esas son de 50 o 100 manojos que hay que cosechar, chiquititas y perfectas las hojas, ni picadas ni mallugadas. Eso solo yo lo puedo ver, eso no les puedo encargar a los muchachos porque para ellos es diferente el tipo de trabajo.

Las habilidades de Laura, no parecen solo imprescindibles para esta labor de selección fina, sino también para realizar muchas otras actividades domésticas que la sociedad asigna fundamentalmente a las mujeres:

Terminando de comer empiezo a arreglar mi casa, lavo mis trastes, me pongo a barrer, a mantener mis pollos. Si hay cosas que regresan el viernes y tenemos que componer, o para el pollo, o sino quedan las hojitas de residuos.

De este modo Laura cumple su doble jornada de trabajo: la producción agrícola y el trabajo dentro del hogar al cuidado de sus hijos. Muchas mujeres que consumimos en el tianguis, compartimos con ella esa característica, somos madres trabajadoras y que, de alguna manera, mantenemos la responsabilidad principal del cuidado de la familia y la alimentación, incluyendo el propósito de que esta sea saludable y consciente. En cierta forma, nosotros nos apoyamos en el trabajo de mujeres como Laura para garantizar ese cuidado alimenticio, y ella, a su vez, se apoya en otras mujeres para el mantenimiento de sus hijos, insertándonos de distinta forma en esa red de cuidados feminizados:

Acá mis niños a veces se quedan durmiendo, a veces despiertos; es mi cuñada, la hermana de Esteban, que viene y los cuida, los alista para llevarlos a la escuela y ella los mantiene, ella arregla mi casa, porque ya no me da tiempo para hacer eso. Le pago, le tengo que pagar porque ella me hace favor de lavar, cuidarlos y mantenerlos, no todos los días, solo los miércoles y sábados, los días que voy a vender. El miércoles, como ven, hasta ahorita llego, ya no hay tanta preocupación porque ellos ya comieron y, si no, ahí estoy batallando en hacerles de comer.

Además de ello, Laura también realiza algunos trabajos comunitarios que son requeridos en su localidad, como ser promotora en uno de los programas de gobierno dirigidos a las mujeres o en la elaboración del desayuno escolar, cargos que, si bien reconocen las capacidades de mujeres como ella, tienden a ser una extensión comunitaria de las labores domésticas que realizan en sus viviendas.

En este contexto, la idea del descanso o del cuidado, es un tanto ajena para mujeres como Laura, para quienes el huerto se convierte en un espacio de descanso y distracción:

Nunca dejo de trabajar, siempre hay algo que hacer, mi último trabajo es […]. No sé, la verdad no he pensado en eso porque siempre me falta alguna cosa por hacer: ya nada más cuidar un ratito mis niños; a veces hacemos cuentas o, en caso de que hay que pagar a alguien o algo, hacemos un corte de caja, o a veces nos ponemos a platicar.

O sea que el hogar me estresa mucho porque trabajo más, en cambio en la hortaliza no, en la hortaliza te despejas. [Mi huerto es] como una zona de entretenimiento, diría yo. Para la motivación, para despejarse de la gente porque […] haga usted de cuenta que nos dedicamos a la hortaliza y nos olvidamos de todo, de problemas y de lo que sea. Digamos que es como un espacio de distracción.

En su parcela, Laura nos muestra su producción de 33 especies de hortalizas: lechuga, brócoli, zanahoria, espinaca, calabaza y otras, así como las prácticas agrícolas que realiza.
Vemos que, más allá del trabajo concreto de cada día, hay un entramado complejo de información y conocimientos sobre siembras, cosechas, recursos, pedidos, ventas, que organizan el trabajo familiar y las dinámicas domésticas, que no siempre se cruzan armoniosamente con las demandas del mercado:

Vamos aprendiendo nosotros mismos. Porque ahorita en el mercadito nos piden un calendario, pero nosotros no podemos hacer un calendario, nuestro calendario es nuestra cabeza, porque no es igual escribirlo que hacerlo. Porque puedes escribir, por ejemplo, en noviembre vamos a tener lechuga roja, y quizás no, falló, porque en esta temporada hay mucha gallina ciega. Y después te dicen, “¿y la lechuga roja?, ¡dijiste que ibas a traer y no trajiste!”. Y luego, conforme vaya creciendo, llegas a tenerla y te dicen, “¿por qué metes, si en tal fecha ibas a traerla?”. O sea que es confuso. Así que nosotros decidimos que nuestro calendario es nuestra cabeza, porque ahí ocupa todo.

A veces vienen personas que tienen un estudio pero, como lo digo yo, no se vayan a molestar, pero no es igual un libro que hacerlo, no es igual leerlo y conocerlo. A veces sí nos faltan al respeto y nosotros nos incomodamos, porque parece que nuestro trabajo no está valiendo. Porque nosotros desde hace años venimos cambiando muchas cosas, tratamos de ser lo más orgánico que se pueda, lo más limpio.

Para mí agroecología significa mantener todo sano, tratar de producir lo más limpio que se pueda, trabajar la tierra y no contaminar la tierra y la madre naturaleza.

La experiencia de este mercado, desde su origen, invita a ser leída desde las claves de la economía feminista: el trabajo invisibilizado de las mujeres que sostiene la economía capitalista, la existencia de lógicas económicas distintas, sociales y solidarias, que ponen la vida en el centro, y la noción de cuidado como un trabajo que también suele ser feminizado (Pérez, 2014; Quiroga, 2009). Es cierto que los testimonios de Laura y la experiencia misma del mercado a lo largo de los años nos indican que estos espacios no están exentos de fricciones o de relaciones desiguales de poder, ni pueden leerse como totalmente aislados de las lógicas económicas del sistema en que todos estamos inmersos.

No obstante, considero que, en un contexto de hipermercantilización de la tierra, los alimentos y todos los aspectos de la vida, la existencia de un mercado alternativo que impulsa el consumo alimentario responsable, las relaciones campo-ciudad y que mantiene la presencia y la vitalidad de parcelas agroecológicas en un lugar altamente demandado por el sector inmobiliario, constituye un espacio urbano de resistencia, esperanza y sostenimiento de una vida digna de ser vivida, en el que las mujeres aportan mucho, aun cuando no lo expresen con esas palabras.

Sin duda hace falta diálogo entre productores y consumidores, tratando de fortalecer el entendimiento mutuo y de reforzar las apuestas compartidas; reconocernos y visibilizar los trabajos de quienes hacen posible esta experiencia es apenas un primer paso para ello.

Araceli Calderón Cisneros
Investigadora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA) de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH). San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.
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Sandra Escobar Colmenares
Agroecóloga, independiente.

Lucrecia Laura Díaz Pérez
Agricultora y ama de casa.

Referencias

  • Cruz-Salazar, T. (2012). El joven indígena en Chiapas: el reconocimiento de un sujeto histórico. LiminaR 10(2), pp. 145-162.
  • Pérez, A. (2014). Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de Sueños.
  • Quiroga, N. (2009). Economías feminista, social y solidaria. Respuestas heterodoxas a la crisis de reproducción en América Latina. Iconos. Revista de Ciencias Sociales 33, pp. 77-89.