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05
Mar, Dic

Alianza por la agroecología en América Latina: potencialidades y desafíos

volumen edición especial
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Los últimos quince años han estado marcados por un ciclo de renovación política en varios países de América Latina que fue consolidándose con la elección y reelección de gobiernos más alineados a un ideal democrático-popular. A partir de propuestas que buscaban democratizar las instituciones políticas, muchos de esos gobiernos “más progresistas” llegaron a reconocer el carácter plurinacional del Estado en sus respectivos países, hecho particularmente relevante pues significa el reconocimiento oficial de poblaciones históricamente marginadas por las políticas públicas. Algunos de estos gobiernos formularon proyectos de desarrollo enfocados en la superación de la pobreza y las desigualdades sociales que caracterizan a la región.

Aunque no respondiese a un proyecto común pensado como tal para la región, esta ola de progresismo fue emergiendo y se consolidó como reacción a los efectos negativos generados por más de una década de neoliberalización de la política, la economía y los mercados, la cual en su momento había sido vista como alternativa al estancamiento económico y a la inflación de décadas anteriores.

En el campo, en los diferentes países de la región, el modelo neoliberal agravó los efectos de la industrialización de la agricultura a través del aumento en la concentración de tierras y la reducción de la agricultura familiar campesina e indígena a minifundios; la expropiación de áreas comunitarias en favor de los monocultivos y en perjuicio de cultivos como el maíz, el arroz y el frejol –lo que afectó la soberanía alimentaria de los países de la región–; y el deterioro del estándar alimentario debido a la introducción masiva de productos industrializados. Asimismo, los acuerdos de libre comercio impusieron la reducción de los aranceles de importación, forzando la caída de los precios de los productos agrícolas en el mercado interno. Estas medidas afectaron los ingresos de los productores locales y sometieron a la población a un patrón de alimentos globalizados, ultraprocesados y derivados de monocultivos transgénicos contaminados con niveles crecientes de agrotóxicos. La pérdida de hábitos alimenticios y la acentuación del daño a la salud pública como consecuencia del aumento del consumo de agrotóxicos son las fases complementarias del sistema agroalimentario dominante, que compromete la soberanía alimentaria en la región.

A pesar de cuestionar el dogma neoliberal y la reanudación parcial del papel regulador de los Estados nacionales, las fuerzas políticas progresistas que asumieron los gobiernos de la región no llevaron a cabo las reformas estructurales necesarias para romper con el sistema de poder responsable del mantenimiento de profundas asimetrías sociales y de acelerados procesos de destrucción de la naturaleza.

En muchos casos, los gobiernos progresistas orientan sus economías a las actividades primarias, aprovechando un largo periodo de altos precios de las commodities agrícolas, los minerales y la energía, lo que les proporciona los medios económicos para promover inversiones en obras de infraestructura, transporte, educación y en otros frentes de acción estatal necesaria para la promoción de un desarrollo inclusivo y la superación de la pobreza. Sin embargo, el progreso en muchos de estos países ha dado lugar a un ciclo de neodesarrollismo de carácter nacional que ha resultado privilegiando una vez más a los intereses del gran capital.

En este contexto, cabe ahora preguntar: ¿en qué medida este modelo político-económico, en la práctica, entraría en contradicción con las agendas de la reforma agraria, del fortalecimiento de la agricultura familiar campesina, de la soberanía alimentaria y de la agroecología, construidas a lo largo de décadas por las organizaciones del campo que contribuyeron de manera decisiva en la elección de esos gobiernos? 

La agroecología como una construcción latinoamericana

Las inversiones masivas de los sucesivos gobiernos de la región en la modernización de la agricultura, según los modelos de la Revolución Verde, a pesar de aumentar la producción agropecuaria y su valor total, han culminado en el establecimiento de un modelo que deteriora los medios de los cuales depende su propio mantenimiento, pasando de esta manera a representar una amenaza para sí mismo (IPES Food, 2016, p. 9).

Gran parte de la agricultura familiar, campesina e indígena fue penalizada o marginada por este proceso, lo que dio comienzo a diferentes formas de resistencia y organización.
Las variadas estrategias de resistencia involucraron la lucha por el acceso, permanencia y preservación de la tierra y de los territorios históricamente ocupados por estos pueblos y comunidades. El uso creciente de agrotóxicos, por otro lado, movilizó a técnicos e investigadores en respuesta al modelo y para el desarrollo de alternativas.

Así, a partir de la década de 1980, la agroecología emergió, principalmente en América Latina, como una alternativa al modelo agrícola dominante, sirviendo de referencia a las ONG y a los agricultores más empobrecidos al permitirles comprender que los conocimientos y la formación de los agrónomos eran inadecuados para la realidad de la mayoría de los agricultores de los países de la región (Flores y Sarandón, 2014, p. 99).

Después de más de 30 años, la lucha de estos diferentes sectores, incluyendo a científicos e investigadores comprometidos, ha contribuido de manera decisiva en afirmar a escala mundial el carácter multifuncional, de identidad múltiple y plural, de la agricultura familiar, lo que motivó a que 2014 fuese declarado por la FAO como el Año Internacional de la Agricultura Familiar. Al año siguiente, en 2015, organizaciones sociales de todos los continentes se reunieron en el Foro Internacional sobre Agroecología y establecieron la Declaración de Nyéléni, referencia de ámbito mundial que expresa la visión, los principios y las estrategias comunes de la agroecología (Anderson y otros, 2015).

El avance de las experiencias fue agregando nuevas y convergentes dimensiones de la agenda pública al proceso de construcción del concepto y de las prácticas de la agroecología, tales como la promoción de la soberanía y la seguridad alimentaria y nutricional; las relaciones sociales de género (lucha feminista contra el patriarcado y la violencia y el reconocimiento del rol de la mujeres en la agricultura); el desafío de la sucesión en el campo y las perspectivas de la juventud rural como nueva generación de profesionales de la agricultura familiar; el enfoque territorial para el desarrollo rural, o cómo superar la dicotomía rural-urbano con la construcción de circuitos de comercialización basados en los principios de la economía solidaria; y el acceso a las políticas públicas. Estas grandes preguntas se suman a los temas y preocupaciones que ayudaron a concebir el concepto de la agroecología desde sus orígenes, como las nociones de ecología de los agroecosistemas, la ecología de los sistemas alimentarios, los sistemas tradicionales de conocimiento y las bases científicas de la agricultura sostenible (Wezel y otros, 2009).

La agroecología es hoy entendida y practicada en América Latina como el enfoque para la unificación de las banderas del movimiento campesino y de la lucha por la tierra, constituyendo un movimiento de organización política, de recuperación de la autoestima y de afirmación de identidades socioculturales. Es vista también como una estrategia de manejo técnico de los agroecosistemas para conservar los suelos, el agua y la biodiversidad; y para enfrentar los agrotóxicos por medio de la diversificación, la rotación y la integración de cultivos, árboles y animales y de la producción local de insumos. Por otra parte, la agroecología es entendida y practicada como una estrategia para la producción de comida sana y de alimentos saludables, para el incremento del autoconsumo y para la realización del derecho humano a la alimentación adecuada. También es una estrategia de organización de las economías agrícolas para la generación de ingresos estables y de mercados sin intermediarios. Es el método de conservación y de libre intercambio de semillas nativas en la lucha contra los transgénicos. Es el camino para minimizar los riesgos climáticos a los que la agricultura es cada vez más susceptible. Es también un enfoque para la investigación participativa y el conocimiento y educación contextualizados, para el diálogo de saberes y para el intercambio de experiencias de campesino a campesino. La agroecología es una práctica, una ciencia y un movimiento (Wezel y otros., 2009).

Alianza por la Agroecología

Diez organizaciones de siete países de la región1 reanudaron en 2010 la toma de contactos y el intercambio de iniciativas anteriores, que se mantuvieron en espacios organizativos como el Consorcio Latinoamericano de Agroecología y Desarrollo (CLADES), el Movimiento Agroecológico Latinoamericano (MAELA) y el proyecto de Conservación de la Diversidad con Base en la Comunidad (CBDC, por sus siglas en inglés). Estas rondas de conversación han planteado preguntas sobre el momento que cada una de las organizaciones enfrenta en sus países, tanto desde el punto de vista
político como desde la construcción de la agroecología, considerando los logros y los desafíos frente al avance del agronegocio y las contradicciones en las relaciones con los gobiernos, incluso los más progresistas.

La identificación de desafíos comunes dio origen a un proyecto que tendría como objetivo proporcionar intercambios con miras a la comprensión de cómo cada una de estas organizaciones venía practicando el enfoque de la agroecología y cómo se venían dando los diferentes intentos de movilización del poder público y sus efectos.

A finales de 2011 la Unión Europea lanzó una convocatoria cuyos objetivos coincidían con el proyecto que venía siendo diseñado por las organizaciones.2 La propuesta presentada a la convocatoria fue contemplada, permitiendo una acción de tres años (2014-2016) que llevó el nombre de Alianza por la Agroecología. A lo largo del proyecto, las organizaciones realizaron estudios de casos sobre los impactos de la agroecología y sistematizaciones de experiencias de incidencia sobre las políticas públicas,3 entre otras actividades. Una parte de ese material se organizó en forma de artículos, los cuales constituyen las ediciones especiales de la revista AGRICULTURAS (en portugués) y de LEISA revista de agroecología (en español), producidas, respectivamente, por AS-PTA y por ETC Andes.

Impactos de la agroecología

Todos los casos aquí presentados muestran evidencias concretas de las ventajas de la agroecología, resaltando sus contribuciones directas a 10 de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (ODS-PNUD). Para ahondar en este tema puede revisarse el artículo de Michael Farrelly (p. 78), como una compilación de 50 estudios de casos desarrollados en 22 países africanos en donde se enfatiza que la agroecología es el camino más consistente para la agricultura en el continente. Desde el punto de vista ambiental y del uso sostenible de los ecosistemas (ODS 6, 11, 13 y 15), las experiencias relatadas reafirman la multifuncionalidad de la agricultura familiar campesina e indígena.

La producción de alimentos sanos y de calidad tiene su origen en sistemas diversificados que juntan e integran en el tiempo y el espacio frutas, hortalizas, granos, especies aromáticas y medicinales, árboles con diferentes finalidades y crianza de animales. La introducción de especies arbóreas en los agroecosistemas revela una cultura de conservación ambiental que crece entre las familias agricultoras. Esta estrategia está presente en los sistemas agroforestales desarrollados en Pando, en la amazonía boliviana (p. 47), y también en San Ramón, Nicaragua, donde unidades productivas con áreas de apenas cinco hectáreas incorporan en promedio 1200 árboles, protegiendo los suelos y las fuentes de agua y creando microclimas favorables a los cultivos agrícolas y a la crianza de animales (p. 20). La recuperación de las semillas criollas y acriolladas, adaptadas y resistentes a las condiciones locales de cultivo, está asociada al cuidado del suelo y constituye la base de la salud de estos sistemas, permitiéndoles prescindir de agrotóxicos y fertilizantes sintéticos.

Los ODS 1 y 2 tratan, respectivamente, de “Acabar con la pobreza en todas sus formas, en todos los lugares” y de “Acabar con el hambre, alcanzar la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible”. En este sentido, podemos destacar que, en todos los casos presentados, aun con poca tierra disponible, la diversificación de los agroecosistemas aumenta la producción de alimentos en calidad y cantidad, mejorando la nutrición de las familias y sus ingresos, que se incrementan a partir de la comercialización de sus productos.

La experiencia sistematizada en Brasil ilustra exactamente este punto, pues describe la trayectoria de emancipación social y económica de una familia de agricultores sin tierra beneficiaria del programa de reforma agraria (p. 65). Por estar vinculada al Polo de Borborema, una articulación regional de organizaciones de la agricultura familiar, esta familia combinó los recursos de las políticas públicas con los movilizados de una base territorial de bienes comunes para la conformación de una unidad productiva diversificada, lo que le aseguró un elevado nivel de autosuficiencia alimentaria y le permitió, a su vez, la inserción en diferentes mercados locales para la venta de sus productos. Un resultado similar se observa en Colombia con la experiencia de la Asociación de Pequeños Caficultores de La Marina (ASOPECAM), la cual establece el uso compartido y la compra de herramientas y otros materiales necesarios para la producción, así como la organización de esfuerzos conjuntos, trabajos colectivos e intercambios de servicios y semillas, entre otros bienes y saberes (p. 28).

Las experiencias de agroecología relatadas en esta edición especial también están en consonancia con el ODS 12: “Asegurar patrones de producción y de consumo sostenibles”. Al final, la venta a través de intermediarios ha sido superada a partir de la constitución de ferias, la comercialización directa, los mercados de barrio y también mediante una economía de reciprocidad basada en trueques, donaciones y relaciones no monetarias. Estas modalidades fortalecen los vínculos comunitarios y aproximan a productores y consumidores. Los mercados y espacios de comercialización gestionados por los agricultores permiten que estos se apropien de parte de las utilidades –cada vez mayores– generadas en la finca, favoreciendo patrones de producción y de consumo más
justos y sostenibles (ODS 12).

Esta conclusión también refleja los resultados de tres experiencias en Colombia, como la ya mencionada de ASOPECAM, que permitieron a sus socios aumentar sus ingresos, tanto por el comercio justo del café orgánico como por la implementación de huertas en las fincas para el consumo de la familia. Otro ejemplo es la Red de Mercados Agroecológicos del Valle del Cauca, formada por 14 mercados abastecidos por agricultores que fueron expulsados de las tierras más fértiles del lugar por el monocultivo de la caña de azúcar. En el departamento de Risaralda, una red compuesta por universidades, asociaciones autónomas regionales y organizaciones de productores viene constituyendo Sistemas Participativos de Garantía. En ellos, productores y consumidores evalúan las prácticas de manejo y el estándar de calidad de los alimentos en un proceso de autocertificación basado en la confianza mutua.

En Paraguay, los agricultores organizados en la Central de Productores Horticultores y Feriantes en Ciudad del Este ampliaron y consolidaron una experiencia anterior de creación de una feria en la ciudad (p. 56). La Central es gestionada por cerca de 400 socios, involucra a más de 1 500 productores y recibe semanalmente entre 10 000 y 12 000 consumidores. Estructurar y asegurar un espacio propio de comercialización fue el camino que estas organizaciones de la agricultura familiar de Alto Paraná encontraron para enfrentar el desafío de garantizar su seguridad alimentaria y generar ingresos, además de defender sus tierras como lugar de producción y de vida. Otro factor clave para llegar a este nivel fue la inversión en comunicación, pues, a lo largo de sus 19 años de existencia, la Central obtuvo apoyo de radios locales, canales de televisión y medios de prensa regionales para la divulgación de sus actividades.

Las experiencias sistematizadas también muestran que la contribución de las mujeres es decisiva para la práctica de la agroecología. Son ellas quienes realizan las actividades de producción, comercialización y cuidado de la casa, de los hijos y de los parientes ancianos, ejerciendo por lo tanto un papel preponderante en la economía familiar. Todo eso les exige un enorme esfuerzo. La búsqueda del protagonismo de las mujeres en las experiencias agroecológicas remite a otro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, dirigido a “Alcanzar la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y niñas” (ODS 5).

Para ilustrar este esfuerzo, la Central de Productores de Alto Paraná cuenta con un patio de comidas típicas paraguayas que fue diseñado y es gestionado por mujeres. El caso de la Sierra Sur del Ecuador muestra que tanto la economía de producción como el autoconsumo y la comercialización tienen una marcada presencia femenina, hecho que también se repite en el sostén de la organización social de la comunidad y de la Red Agroecológica de la provincia de Loja (p. 36). La contribución de las mujeres tiene gran importancia en las actividades no agrícolas debido al valor agregado a los productos y al mercado gastronómico; no obstante, este mismo caso revela que la participación social en reuniones organizativas y el trabajo fuera de casa es aún, en gran parte, responsabilidad de los hombres. 

La experiencia aportada por Fundebase, organización guatemalteca socia del Proyecto Alianza por la Agroecología, señala que el enfoque participativo y de aprender haciendo ha generado metodologías valiosas y resultados considerables para el fortalecimiento de la propuesta agroecológica en el país, favoreciendo especialmente la inclusión y el reconocimiento de jóvenes y mujeres como actores principales de la agroecología “una vez que la superación de los desafíos de la sucesión generacional y de la seguridad alimentaria están en sus manos”, según afirman los autores (p. 20). Por lo tanto, al participar de las formaciones basadas en el método de campesino a campesino, la juventud va adquiriendo herramientas y capacidades para asumir el liderazgo local y municipal.

Estos casos también generan efectos que contribuyen a “Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos, en todas las edades” (ODS 3), y a “Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo, y el trabajo decente para todos” (ODS 8). En Anzaldo, en la región de los valles bolivianos, el aumento de la producción de frutas y hortalizas como resultado de la implementación de invernaderos con riego, asociados a sistemas comunitarios de manejo de microcuencas, ha permitido a las familias economizar tiempo y dinero, reduciendo la frecuencia de los desplazamientos a la ciudad para la compra de alimentos (p. 47).

En la base de todas las experiencias aquí relatadas está el fortalecimiento de las organizaciones locales. Este proceso y las redes derivadas son al mismo tiempo producto y medio de la práctica agroecológica. En San Carlos Alzatate, Guatemala, por ejemplo, las familias y los agricultores organizados presentaron a las autoridades locales una solicitud formal para la realización de una consulta municipal acerca de un proyecto de minería en el territorio (p. 47). En el caso de la Central de Productores Horticultores Feriantes de Alto Paraná, el protagonismo comunitario de compromiso y participación ha permitido valorar el trabajo campesino en Paraguay (p. 56), lo que ha aumentado la autoestima de estos agricultores y conformado su identidad como feriantes. En el municipio de San Ramón, en Nicaragua, la promoción de la agroecología ha permitido fortalecer redes de desarrollo en los ámbitos de la producción, del cuidado del ambiente y del consumo de alimentos sanos. Las familias ligadas a las organizaciones sindicales o comunidades acceden a nuevos conocimientos y, sobre la base de esos aprendizajes, asumen el papel de promotores de la agroecología en sus comunidades y municipios (p. 10). La experiencia que viene de Borborema, en Paraiba, Brasil, es una resignificación del papel de las organizaciones locales, sobre todo de los Sindicatos de Trabajadores y Trabajadoras Rurales, a partir de su decisión de valorizar el saber local, promover intercambios de experiencias entre agricultores y fomentar mecanismos comunitarios, como bancos de semillas, viveros y fondos rotativos solidarios (p. 65). Este enfoque, además de fortalecer las capacidades de las organizaciones sociales para la ejecución y el control del uso de recursos públicos, ha contribuido a romper con la cultura clientelista responsable de la reproducción de relaciones de subordinación política y económica al poder oligárquico regional en los segmentos más empobrecidos de la población rural.

Esta compilación de casos muestra que la agroecología, con sus múltiples beneficios, desafíos y amenazas, viene consolidándose como un enfoque estratégico para el campesinado y para la sociedad en general al ejercer una fuerte influencia en esferas como la alimentación, la salud, la economía, el medio ambiente, la cultura, las relaciones sociales y la participación política.

La agroecología como construcción democrática

Desde el punto de vista de las políticas públicas, Paraguay, Colombia, Guatemala y Ecuador señalan la falta de apoyo del gobierno federal a las acciones para la agricultura familiar que fortalezcan la perspectiva agroecológica. Sin embargo, en todos los países de la región es posible identificar lógicas antagónicas, representadas por los intentos recientes de liberación de los transgénicos, el apoyo a la agricultura para la exportación y el conflicto de la expansión de los monocultivos de palma africana. Por otro lado, en la esfera municipal, Ecuador, Colombia y Nicaragua señalan la existencia de políticas locales que contribuyen a procesos de promoción de la agroecología impulsados por la agricultura familiar.

Durante las últimas décadas, el gobierno brasileño puso en práctica un conjunto de políticas para la agricultura familiar, otras para desarrollo social y otras para la seguridad alimentaria que, reunidas, han permitido importantes avances en el campo. Así, la agricultura familiar fue capaz de afirmarse como productora de alimentos para el mercado interno, pero como parte de un modelo dual que tenía a la exportación agroindustrial como su polo hegemónico.

Junto con el avance de la agricultura familiar, la agroecología fue por primera vez asumida como orientadora de políticas públicas específicas. Entre tanto, hasta inicios de la década del 2000, hubo un arreglo institucional centrado en ONGs que ocasionalmente consiguió el apoyo de gobiernos locales para conformar islas de excelencia con un número limitado de personas –productores y consumidores– y expandir el acceso a los beneficios de la agroecología. Después de ese primer momento, hubo un cambio en la disposición institucional frente a la promoción de la agroecología que condujo a una ampliación del contingente de personas beneficiadas.

Para constituirse en política pública, la agroecología comenzó a involucrar a un conjunto amplio de actores: el gobierno en sus tres niveles (federal, estatal y local), la sociedad civil, los movimientos sociales, las asociaciones, cooperativas, escuelas públicas, instituciones de asistencia social y del sistema de salud, y agentes del mercado con expectativas de compromisos. Se pusieron las bases para que la isla de excelencia se convirtiera en un continente. Esta es una política pública a nivel nacional, una construcción democrática y una alternativa para la seguridad y soberanía alimentaria que abarca un universo mayor y diverso de familias productoras, así como una parte más grande del público consumidor de los alimentos sanos. La agroecología representó por lo tanto un salto cualitativo y cuantitativo, tanto por su impacto para un conjunto mayor de la población como por el proceso participativo de formulación e implementación de esas políticas.

La institucionalización del enfoque agroecológico en las políticas públicas contribuyó a la democratización del Estado y de las políticas públicas. En este sentido, la formulación y la implementación de políticas agroecológicas fue uno de los casos de innovación en las instituciones democráticas al fomentar la participación activa de los agricultores familiares, las poblaciones tradicionales, sus organizaciones, movimientos sociales, ONG, universidades, redes, plataformas y foros en intenso diálogo con los actores gubernamentales.

A pesar de los logros y retrocesos es un hecho que América Latina se ha convertido en las últimas décadas en laboratorio y campo de disputa sobre el significado y consolidación de la democracia. Hemos vivido una tensión pendular entre intentos de articulación de formas de democracia representativa y participativa con innovaciones democráticas inclusivas (demodiversidad) y momentos de democracia de élites con regresiones autoritarias conservadoras.

En los momentos de innovación se ha valorado el reconocimiento de la diversidad, ya sea en el plano del principio fundador –como el diseño de Estados plurinacionales– o en el nivel de políticas públicas, con la promoción simultánea y complementaria de políticas universales y específicas que consideran los derechos de poblaciones históricamente invisibilizadas, como los campesinos, los indígenas, las poblaciones tradicionales, los afroamericanos, las mujeres y los jóvenes. En este movimiento de promoción de la igualdad en la diversidad con énfasis en la redistribución de recursos y oportunidades para la promoción de la justicia social, ecológica y económica, se profundizó  también la democratización no solo de la sociedad, sino del Estado, con la apertura para la formulación e implementación de políticas públicas a partir de experiencias sociales. La agroecología fue parte y contribuyó a ese contexto de innovación democrática de políticas públicas que valorizó la participación, la diversidad, el conocimiento y las prácticas de las poblaciones tradicionales y de la sociedad civil.

Por tanto, la democracia y la participación ciudadana fueron condiciones que permitieron potenciar y ampliar el alcance del proyecto agroecológico. La ruptura establecida por la interrupción del mandato de la presidenta Dilma Rousseff en Brasil impone fuertes amenazas a la continuidad de las acciones de promoción de la agroecología a través de políticas públicas en el país y a los procesos de participación democrática que hicieron posible la existencia de esas políticas.

Al mismo tiempo, los demás países de la región pierden también este laboratorio del nuevo acuerdo institucional que permitía a la agroecología dar el salto cualitativo y cuantitativo, vía las políticas públicas, para convertirse en una alternativa real de seguridad y soberanía alimentaria a nivel nacional.

Ante el contexto regional –y no solo en Brasil–, dominado por una nueva ola de neoliberalismo y de propuestas y gobiernos autoritarios conservadores, ganan importancia los mecanismos de resistencia y de avance en la construcción democrática de la agroecología. Dentro de la gama de desafíos y oportunidades que estos mecanismos asumen, nos gustaría invitar al lector a:

  • Profundizar la comprensión de la renovación de la hegemonía del agronegocio en el marco de la región, del país y del territorio, así como la de las dinámicas de resistencia a esa hegemonía.
  • Encarar el enfoque territorial como estrategia prioritaria de actuación, facilitando la aproximación de la propuesta agroecológica a la realidad de diversos grupos sociales.
  • Concebir la transición agroecológica como un proceso amplio y masivo que abre caminos para un conjunto diverso de situaciones, entre las cuales se encuentran las realidades de los agricultores familiares y los pueblos y comunidades tradicionales: desde los que buscan incorporar la norma de calidad orgánica de una forma más inmediata hasta los que, por ahora, solo apuntan a la diversificación de cultivos, la reducción o la eliminación del uso de agrotóxicos y la producción de alimentos sanos.
  • Sumar fuerzas, diseñando metodologías que permitan la construcción de asociaciones con movimientos sociales y redes que puedan incorporar la agenda agroecológica como parte de sus reivindicaciones.
  • Destacar la importancia de la promoción y del perfeccionamiento de la gestión de las organizaciones de la agricultura familiar –cooperativas, asociaciones, grupos productivos, etc.– como un instrumento que complementa y potencia de forma colectiva los éxitos individuales.

Y, por último, a pesar de las limitaciones, hacemos un llamado para continuar influenciando a los gobiernos, reivindicando políticas públicas adecuadas, abriendo los mercados institucionales y haciendo que se creen condiciones para la construcción de otros mercados. Sin estas políticas no será posible alcanzar la escala necesaria para que la agroecología se consolide como una alternativa real al agronegocio.

Gabriel B. Fernandes
MSc y asesor técnico de AS-PTA
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Jorge O. Romano
Doctor y profesor del Programa de Posgrado de Ciencias Sociales para el Desarrollo, la Agricultura y la Sociedad (CPDA) de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro (UFRRJ)
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Referencias

  • Anderson, C; Pimbert, M.; Kiss, C., 2015. Construir, defender y fortalecer la agroecología: una lucha mundial por la soberanía alimentaria. Países Bajos: Ileia; Center for Agroecology, Water&Resilience.
  • Flores, C. y Sarandón, S., 2014. Agroecología: un paradigma alternativo al modelo convencional de Agricultura Intensiva. En: D. Melón (coord.), La Patria Soyera: el modelo agrosoyero en el Cono Sur. Buenos Aires: El Colectivo, pp. 91- 106.
  • IPES-Food, 2016. From uniformity to diversity: A paradigm shift from industrial agriculture to diversified agroecological systems. International Panel of Experts on Sustainable Food Systems. IPES-Food) www.ipes-food.org/images/Reports/UniformityToDiversity_FullReport.pdf (consultado el 10 de octubre de 2016).
  • PNUD, 2015. Objetivos de Desarrollo Sostenible. www.undp.org/content/brazil/pt/home/post-2015/sdg-overview/goal-1.html (consultado el 10 de octubre de 2016).
  • Wezel, A. y otros, 2009. Agroecology as a science, a movement and a practice. A review. Agron. Sustain. Dev. (29), 503-515.